Archivo de la etiqueta: Viajar con niños

Balance de regalos

IMG_3697No sé ya cómo pedir disculpas por mis largas ausencias de este blog. Así que no voy a soltar rollos innecesarios y me quedaré con lo que importa: ¡ya estoy aquí! 😉

Como a estas alturas es absurdo hablar de mis propósitos maternales para 2015 y, además, he visto que ha sido el tema más tratado en todos los blogs en lo que va de año, os voy a contar algo que me está quitando el sueño y, que casi 15 días después de la llegada de los esperados Reyes Magos (esperados por mí, porque Martín sigue sin tener ni idea de quiénes son, a pesar de que le arrojado a sus brazos varias veces durante las navidades), puedo constatar sin temor a equivocarme: los padres somos imbéciles.

Os preguntaréis porque digo esto y probablemente afirméis que yo soy la única imbécil que hay, pero dejad que me explique. Cuando llegan las fiestas, los padres nos volvemos locos. Especialmente los que tenemos niños muy pequeños y, más concretamente, los que solo tenemos uno, en torno al cual gira absolutamente todo. Queremos comprarles un montón de cosas, que no les falte de ná (de ná, de ná), creemos ver el deseo en sus ojillos cada vez que miran un escaparate… En fin, que al final nos montamos nuestra propia película y, como tenemos que pedir por ellos, pues lo hacemos así, a lo burro. Y ¿qué pasa luego? Que nos comemos los regalitos con patatas.

Paso ahora a relatar lo que hemos pedido nosotros (bueno, pluralizo para no quedar mal, pero en realidad he sido yo al 100%) ‘basándonos’ en sus gustos:

IMG_3646Un kit de limpieza. Embargada por la emoción que me provocaba verle imitarme con un klinex cuando limpio el polvo y por la manera que tenía de abalanzarse sobre la fregona, convencí a mis suegros de que su regalo debía ser este. Y le compraron el Ferrari de la limpieza: cubo, fregona, escoba, cepillo, dispensador de jabón y… ¡hasta aspiradora! ¡Qué gusto daba verle pasearse por la casa empujando su carrito, parecía el portero de la urbanización recién iniciada su jornada! No cabía en mi de gozo.

Resultado: 24 horas después se olvidó de él. Ahora alguna vez utiliza la fregona para golpear las paredes y el palo de la escoba para jugar al hockey con una pelota. Y sigue intentando arrebatarme mi propio cubo.

Una sillita para llevar bebés. Siempre siempre quiere empujar su propia silla, íbamos al Corte Inglés y se volvía loco con las de los Nenucos (tengo un vídeo que lo confirma), así que yo, que no soy nada sexista con estas cosas (con otras sí, lo admito), pensé ¿qué mejor regalo para mi chiquitín?

Resultado: le hizo caso 2 días y ahora es ese trasto con el que me tropiezo cada vez que entro en su habitación.

Dos motos. Sí, sí… no una… ¡dos! Son de esas que no tienen motor ni nada, pero que van empujando con los pies. Una para nuestra casa y la otra para cuando vamos a la ciudad en la que viven mis padres, porque como estábamos convencidos de que iba a ser el regalo estrella, seguro que tendríamos que estar cargando con ella cada vez que fuéramos de un sitio a otro.

Resultado: sale emocionado de casa montado en ella y cuando llegamos al portal se baja y te la señala con el dedo para que la lleves tú. Acabamos siempre con el niño en un brazo y la dichosa moto en otro. Con lo cuál si antes me quejaba de tener que cargar con un niño de 13 kilos, ahora hay que sumarle los 5 que pesa la moto.

Un helicóptero. No sabe ni jugar con él entre otras cosas porque el bicho pesa un quintal y no puede casi ni levantarlo. Encima, yo sufro cada vez que lo pone en marcha porque veo muy claramente que un día las hélices le rebanan la nariz. De hecho, creo que acerca la cabeza más de la cuenta tentando a la suerte a propósito.

Resultado: helicóptero condenado al ostracismo en un rincón. También me lo llevo por delante cada vez que entro.

Un camión de la basura, un trailer, un coche, dos puzzles y un libro. Uno todos estos en la misma categoría porque son los que realmente han triunfado. Se pasa las horas muertas con sus coches y también le encanta hacer y deshacer los puzzles.

FullSizeRenderPero lo que más adora es su libro. Un libro de medios de transporte con solapas para que vaya descubriendo cuál es cada uno y que, curiosamente, fue el más barato de todos los regalos que ha tenido. Llega a casa y va corriendo a buscarlo, lo mira y lo remira durante horas y nunca se cansa. Antes de acostarle ha pasado de querer que le leamos un cuento a que nos sentemos con él y levantemos solapas para ver qué coche-bici-autubús-moto-grua-camiónvolquete (sí, yo no sabía ni que eso existía) hay debajo.

Conclusión de este estudio de campo: los niños son imprevisibles (menudo descubrimiento) y los padres unos consumistas. Las que tenéis niños de la edad del mío (casi dos años) aprovechad, que áun estamos a tiempo de salvarles y todavía no parece que les ha hecho la boca un cura. Yo, para el año que viene, pienso reducir mucho la lista de regalos… hasta que vuelva a ver su carita pegada a un escaparate.

 

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Nuestra boda

 

Siento este nuevo parón en el blog, pero prometo que será el último. La razón de mi ausencia: nos hemos ido de boda (la nuestra) y posterior luna de miel, niño included.

Y, ¿cómo es casarte cuando ya tienes un hijo? Pues imagino que muy diferente a hacerlo cuando no lo tienes, con todo lo que implica no sólo en los preparativos sino durante la boda en sí y la luna de miel.

Siempre he oído que las novias no-madres dedican su última semana de soltería a mimarse y relajarse, porque llevan tantos meses preparando el evento que los días previos tienen todo listo y solo les queda ponerse estupendas.

Pues bien, yo la mía a lo que la dediqué fue a ir corriendo de un lado para otro, eligiendo pendientes, flores, comprando una faja de urgencia a 24 horas de la boda, las corbatas de novio y padrino, cortándome el pelo, cortándole el pelo a mi hijo y cerrando mil y un detalles que no había podido hacer antes. Cuadrando sus siestas con mis pedicuras y manicuras y robándole horas a mi madre para que se hiciera cargo de él cuando yo tenía que hacer un recado urgente que me impidiera llevarlo.

No me di masajes de relajantes, ni dormí 8 horas seguidas el día D para levantarme con la piel tersa como un bebé. Antes de pasar por chapa y pintura, le di el biberón y le cambié el pañal, y antes de enfundarme el traje de novia, le vestí, le peiné y le perfumé.

Su padre corrió y corrió detrás suyo durante todo el día (mi movilidad era muy reducida gracias al vestido) y alternó con los invitados menos de lo que hubiera sido deseable para un novio. Volvimos de nuestra noche de bodas raúdos y veloces para relevar a los canguros y hacernos cargo de él. Y durante nuestra luna de miel hemos disfrutado de poco turismo y cero veladas románticas,  pero sí de mucho ‘parqueteo’, escalada a toboganes y piscinas infantiles.

Tal como lo he contado puede desencantar a l@s amantes de las bodas. Pero confieso que no cambio absolutamente nada de la mía. No consigo imaginar ese día sin Martín porque él fue su razón de ser. Él es la mayor prueba de amor entre nosotros que hubiéramos podido tener ese día. Bueno, ese día y todos. Por eso esta boda nuestra era suya también.

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