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De vuelta

¡Hola a tod@s!

¿Qué tal por estos lares? Son muchos meses los que he estado desaparecida y, en realidad, no tengo una razón de peso para justificar mi ausencia. Simplemente no he estado lo suficientemente motivada para seguir con el blog. Me he visto en un punto en el que ni yo consideraba que aportase nada interesante con los post ni estos me beneficiaban a mí en nada.

Sin embargo, me olvidaba de algo que es más importante de lo que pensaba: escribir siempre ha tenido un efecto balsámico en mí (qué literario a la par que hortera me ha quedado esto). Así que aquí estoy de nuevo, con una entrada un poco más seria que en otras ocasiones, pero con ganas renovadas.

Aunque Martín aún no ha cumplido los 3 años, siento que ya quedaron atrás los días de bebé y ahora nos enfrentamos a los de la educación real. Pero también veo que me necesita más que nunca y que tengo que demostrarle si estoy a la altura de la circunstancias. Pero, en este sentido, me siento un fracaso absoluto.

Tengo claro que la fuente de nuestros problemas ha sido una desastrosa retirada del pañal, que continúa siendo nuestro mayor calvario. Lo que debería haber sido un proceso natural y placentero, se ha convertido en una C-A-G-A-D-A por nuestra parte. Así, con todas las letras. Como os conté aquí, empezamos en verano y dimos marcha atrás, pero más tarde lo volvimos a intentar ante señales supuestamente claras de que estaba más preparado. De otra manera, con más tranquilidad y sin agobios. Y, cuando parecía que todo estaba hecho… de nuevo hemos dado dos pasos hacia atrás. Y  esto ha traído consecuencias en otros temas: a la hora de dormir, de comer e, incluso, de respetar normas y límites, unido a un enmadramiento que empieza no parecerme normal y del que todo el mundo me culpa.

No sé muy bien porqué ni qué ha pasado, pero sí que siento que mi (nuestra) inexperiencia ha estado estrechamente unida a un mal asesoramiento por parte de la guardería. Me he (hemos) dejado llevar y no he hecho caso a mi instinto de madre, confiando en gente que realmente no conoce a mi hijo como yo. Y esto no me lo perdono. Porque siento que estoy haciéndole sufrir innecesariamente. Porque veo que ha cambiado y ya no es dulce y amoroso. Y porque últimamente me repite más de la cuenta “mamá, es que todavía soy pequeño”. Y me parte el corazón. Le estoy fallando, porque no sé ayudarle y porque con este tema no he empatizado con él de la manera que debería.

Veo otras madres que parecen tener claro siempre qué les pasa a sus hijos y como actuar en cada momento. Yo no. Intento todas las técnicas. Paso de la firmeza al diálogo, del enfado al mimo. Trato de escucharle más y mandarle menos. Reforzarle en positivo y, a veces también, en negativo. Y nada da resultado. Pero cuando llega la noche y me llama llorando para que me meta en la cama con él, no puedo ni quiero dejarle, a pesar de la rabia que me da que antes se  dormía solo y ahora no…

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Operación pañal

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ummm… pido el pis o me quedo aquí haciendo que miro patos?

Después de meses de ausencia , siento no poder ser más original al titular este post. Pero, ¿hay manera para llamar a este momento clave y, añadiría, infernal? Porque sí, señores y señoras, me atrevo a decir que intentar quitar el pañal a un niño de dos años que no está preparado, es un infierno.

Subrayo el hecho de que no está preparado porque creo que ha sido la clave fundamental para que las vacaciones familiares de este año hayan sido un HORROR hasta que decidimos ponerle freno. Os pongo en contexto: el niño cumplió dos años en marzo y enseguida sus papis empiezan a poner en marcha todos los mecanismos necesarios para que su chiqui deje de andar por ahí con el paquete. Sin prisa, pero sin pausa: ahora hacemos un pis aquí, ahora intentamos hacer caquita, lacasito va, lacasito viene… Posteriormente en la guardería nos aseguran que nuestro hijo está preparado no, preparadísimo para retirar el pañal del todo y que retrasar el momento es, no solo egoista (porque es creencia común entre las educadoras que las madres no queremos que nuestros hijos crezcan y sean independientes y felices, sino que nos gustaría tenerlos pegados a nuestras faldas forever and ever), sino además estúpido y que hay que aprovechar la llegada del verano como si no hubiera un mañana.

Confieso que me dejé llevar por los cantos de sirena asistí impertérrita a una primera semana en la que ni un pis ni una caca llegaron a buen puerto. Alguna incluso se quedó en el salón. Extendida por la tarima.  Pero no me desanimé del todo. Era ‘lo normal’.

¿Esto es el orinal?

Mami, ¿estoy en el orinal?

Entramos en el segundo round, que coincidió con el comienzo de las vacaciones. Aquí hubo que armarse un poquito más de paciencia porque las salidas no se limitaban solo a la guardería y al parque. De paciencia y de ropa, porque llevábamos no una ni dos, sino tres mudas para una salida de 3 horas, con sus 3 pares de zapatos incluidos. No problem, contábamos con ello también, aunque empezamos a sospechar que tal vez no estabamos yendo por el buen camino: el niño no solo no encestaba ni una, sino que ya no quería ni sentarse en el orinal. Ni los lacasitos le valían ya. Pero claro, a nosotros ni se nos ocurría dar marcha atrás a la operación, no fuera a ser que la ira de los dioses pañaleros cayera sobre nosotros.

Tercera semana. Me encantaría decir que seguíamos igual, pero no. Fuimos a peor. Martín no solo no se quería sentar a hacer sus cositas, sino que lloraba y pataleaba si le intentábamos obligar (mal, mal, mal) , incluyendo lanzamientos del orinal contra la pared y negando que se estaba meando mientras veías chorrrear el pis entre sus piernas. Su madre (yo) empezó a padecer ligeros ataques de nervios y las lágrimas corrían por sus mejillas en cuanto tenían ocasión.

Y de esta guisa nos adentramos en la cuarta semana, en la que completamente desesperada consulté con una profesional que me confirmó lo que ya me imaginaba: este niño no está listo. Me dijo que debe ser un proceso placentero para el peque y no un drama como el que estábamos viviendo. Que lo normal es pillarlo en la primera semana, por tanto si un niño que se tiran meses sin controlar es porque, simplemente, no está preparado aún. Así que marcha atrás y a intentarlo en unos meses. Nosotros ya lo dejaremos para la próxima primavera, cuando empezamos la final countdown para el colegio, entre otras cosas porque todavía ve el orinal y se niega en rotundo a acercarse a él…

¿Alguién en la misma situación?

 

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