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Experiencia piscinera

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Mi sirenito

Por lo que estoy descubriendo, en el mundo infantil hay dos tipos de niños: los que adoran el agua y los que la aborrecen. Martín pertenece al primer grupo. Le encanta bañarse en casa, en el mar, en la piscina y en el estanque de los patos, si le dejas. Así que, desde que era muy bebé, hemos ido a clases de matronatación. Nos metíamos juntitos en el agua y disfrutábamos de media horita de chapoteos y cabriolas que cada vez se han ido haciendo más atrevidas por su parte y más terroríficas para esta su madre.

Pero ahora que tiene dos años y medio, la matronatación se nos ha quedado ya un poco corta. Así que, como este verano en la piscina de casa se ha soltado bastante con su burbuja-flotador y su “churro”, vimos que había llegado el momento de que nadara solo. Algo que yo he agradecido infinitamente, puesto que ir con las piernas depiladas perfectamente en invierno no veas si me cuesta.

Total, que empezamos el mes de septiembre y le apunté a una piscina en la que mis sobrinos habían aprendido a nadar y me daba bastante confianza. Estuvimos viendo las instalaciones y tenía buena pinta: grupos de 5 niños por monitor, un cristal enorme desde el que ver a tu retoño durante la clase, un vestuario adaptado para que las mamis y papis pudieran vestir a sus niños, etc… Peroooo… en nuestra visita solo habíamos visto clases de niños más mayores, con lo que no pude comprobar in situ como se manejaban con los pequeñitos como Martín. Aún así, me aseguraron que no había ningún problema y que cuando que empezáramos podía hablar con el profesor antes de la clase para ponerle un poco en contexto sobre como se relacionaba mi hijo con el agua.

Llegó el día: Martín ya sabía que mamá ya no se metía con él y no parecía importarle. Le preparé y le acompañé casi hasta el borde de la piscina, donde se agolpaban todas las madres: las que esperaban a que sus hijos terminaran la clase y las que llevaban a los suyos de la mano a esperar a que el monitor viniera a buscarlos. Y, de repente, se formó el caos: niños que salían corriendo de la piscina muertos de frío se mezclaban con los que iban a entrar, yo no sabía a quién darle mi hijo, hasta que una chica me pregunta el nombre y le coge de la mano para llevárselo al monitor que le correspondía. Le digo que quiero hablar primero con él y me dice que después de la clase.

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Esta foto NO es de ese día

Total: Martín llorando en medio del follón porque no sabía donde le llevaban y yo angustiada por la situación. Me voy a verle desde la cristalera y compruebo que sí, que los grupos eran de 5 niños por monitor… ¡pero había 3 grupos en una calle! Empiezan a bajar a los niños al agua uno a uno y los van dejando solos agarrados a un churro mientras bajan a los demás. A todo esto, no sabían si mi hijo había cogido un churro en su vida o no. 3 adultos para 15 niños, imaginaos la cantidad de veces que les daban la espalda. Os juro que me angustio de nuevo solo de escribirlo y estoy segura de que Martín no se soltó del puritito miedo que tenía (hecho que me confirmó el monitor después cuando le planté la mosca).

Ni una burbuja, ni un flotador. Que oye, igual no es necesario, pero cuando no sabes si un niño es de una manera u otra con el agua, creo que toda precaución es poca. Cuando se cruzaban los grupos, solo veías un batiburrillo de brazos y piernas, Martín berreando como un poseso y yo loca intentando no perder de vista su gorro rojo por si le veía sumergirse. Y así, media hora. Imaginad la tensión que tenía que al día siguiente no podía mover las muñecas de lo que las apreté contra la silla en la que estaba sentada, preparada para atravesar el cristal en cualquier momento. Y el final de la clase, de traca: les ponían en el bordillo sentados y el profe los iba cogiendo y haciéndoles dar piruetas, mientras que los demás se iban escurriendo hacia abajo dentro del agua. Con deciros que, ante mi mirada aterrada, Martín se puso de pie una vez, se fue a buscar una pelota que había en el bordillo y el profesor ni se enteró…

Cuando acabaron casi le tengo que agarrar del bañador (porque de la solapa era difícil) para que hablara conmigo. Y me dice que le ha visto con miedo, pero bien. Mande? Cuando le comento lo de ponerles algo por seguridad me dice que eso lo hacen según vean al niño. Perdona, entonces a mi hijo si lo has visto con miedo y, además, no le conoces, ¿por qué no lo has hecho?

Fue nuestra primera y última clase. Así que ahora me encuentro de nuevo a la busca y captura de otra piscina en la que no morir de una ataque al corazón (yo) y de ahogamiento (él). Seguiremos informando.

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