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La lactancia materna: ¿ángel o demonio?

Epi, el gran amigo de Martín

No os asusteis. No quiero hablar de los beneficios de la lactancia materna y lo que significa como vínculo entre madre e hijo y bla bla bla porque no aportaría nada nuevo. Simplemente lo voy a abordar desde otro exclusivo y novedoso punto de vista: ¡el mío! (taraaaaaaaaaaan!).

Yo me embarqué en la lactancia muy feliz; os recuerdo que acababa de ser madre e iba puesta hasta las orejas de epidural, oxitocina y drogas varias. Cóctel explosivo que me hizo estar con sonrisa bobalicona un par de días. No pude hacer el famoso piel con piel porque mi churumbel fue directamente a la UCI de neonatos, así que tuve que esperar 5 horas a que se me pasara el efecto de la anestesia para arrastrarme (literalmente) hasta donde estaba la flor de mi secreto. Cuando llegué, y tras 10 minutos llorando de emoción al pensar que aquel niño que no cabía en la incubadora era mío, las enfermeras me dijeron que le iban a dar el biberón en ese momento, así que les contesté que ya que estaba yo, le daba el pecho. Digoooo!

Así que allí fui, madre primeriza sin ninguna idea de lo que estaba haciendo, y me puse a la faena con ayuda de la enfermera. El resultado en mi cabeza: una experiencia preciosa, maravillosa, mi chiquitín y yo por fin juntos… de película. El resultado real: un chupetón en cada teta, el comienzo de lo que serían las grietas, un bebé que no había sacado nada de nada y un manchurrón de regalo en la silla en la que estuve sentada (y no era leche, por si tenéis dudas de a qué me refiero).

Y ahí empezó mi calvario: pocas horas después nos lo trajeron a la habitación y yo me dispuse a seguir con la única tarea a la que tenía previsto dedicarme de ahora en adelante: cuidarle y alimentarle. Pero ya se notaban los estragos de aquella primera toma y empecé a darme cuenta de que la lactancia no era como en las fotos de las clases preparto. Y además, las cabezas de otras personas diciendo que le subas más arriba o que te lo pongas debajo del sobaco os aseguro que no ayudan nada de nada.

madonnaAsí que aprendí varias lecciones: la primera es que si te duele, busca solución. Yo me ponía mala de pensar que se acercaba el momento de la toma, y solo unas pezoneras me ayudaron a no tirar la toalla (además, te pareces a Madonna con su Gaultier). La segunda, es que nadie (y repito, NADIE) puede decirte si debes o no debes darle el pecho. Lo siento, padres del mundo, no quiero herir vuestro lado femenino, pero… no pintáis nada ahí. Y la tercera lección la aprendí a lo largo de los meses posteriores: no todas las madres tienen leche suficiente para amamantar a su bebé, por mucho que lo diga el señor Carlos González. Y que me tiren piedras si quieren.

10 días después de nacer, tras muchas lágrimas y alimentado solo con mi leche, Martín había perdido 400 gramos de peso y seguía en la cuesta abajo. Así que empecé a darle biberones de apoyo; no quería que por mi empecinamiento en la lactancia se me muriese el niño. Ya veis, así de mala madre soy. Durante los 6 meses siguientes le puse al pecho absolutamente en todas las tomas y, excepto una o dos veces en las que se sació, siempre le tuve que dar un biberón después porque se quedaba con hambre. Tal vez no lo hacía bien yo o mi hijo no mamaba en condiciones, pero tras verme matrona y pediatra, nadie me puso pegas a mi técnica. Y a los talibanes de la teta y a quiénes dicen “maldito biberón” (oído en una reunión de madres primerizas), les diré que si no fuera por ese ‘objeto demoniaco’ no sé donde estaría mi hijo y que la lactancia mixta es bastante más sacrificada que la lactancia materna exclusiva.

Así que mi experiencia tiene sus luces y sombras. Yo he llorado mucho por el tema, pero también estoy contenta de haberle aportado lo poco que haya podido darle, y si tengo otro hijo lo intentaré de nuevo. Porque me parece lo más sano para él, no por pensar que voy a crear un vínculo especial que de otra manera no se puede conseguir. Eso son pamplinas. El vínculo con un hijo se crea con mucho amor, cariño, atención, juegos y cuidados, tanto si das el pecho como si tirás de biberón.

PD: La foto de Epi no viene a cuento, como la mayoría que meto en los posts, pero ¿a quién le importa? Es requeté.

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Todo lo que no te cuentan

papanoelDomingo por la noche. Tirada en el sofá después de acostar al Papá Noel de la izquierda, que tras echarse una siesta a las 7 de la tarde tenía una juerga que parecía escapado de Gandía Shore. Deprimida ante la perspectiva de que mañana sea día de cole, repaso mentalmente la cantidad de cosas que me pasaron después de parir y que nadie había tenido a bien adelantarme. Adoran contarte con todo lujo de detalles sus embarazos y partos, e incluso te dicen que se te va a caer el pelo (literalmente), pero nadie se acuerda de comentarte que:

– Dar el pecho duele: ya lo dije en el primer post. No lo entiendo: ¿por qué (y repito) POR QUÉ nadie te dice que los primeros días son una tortura? Por qué se empeña todo el mundo en que nos imaginemos la preciosa estampa de una madre y su bebé mirándose arrobados mutuamente? No hablo de que te haga grietas por una mala postura, no, no hace falta llegar a eso. Me refiero a que, simplemente por el hecho de que tus pechos nunca han tenido una actividad semejante (ni siquiera los de aquellas que hayan tenido mucha ‘vida social’), tener una boca permanentemente succionando al principio hace que puedas arrepentirte de haber elegido la lactancia materna.

– Los primeros días/mes tienes al bebé permanentemente enganchado. PERMANENTEMENTE. Sabía que lo ideal era alimentar al bebé ‘a demanda’, pero no que esa demanda era peor que la de un yonki con el mono de su vida. Y dejo la lactancia ya por hoy porque es un tema que me da para otro día.

– Después de dar a luz, corres el riesgo de que se te duerman las manos. Sí señor, así es. Puede pasar y  yo tuve la suerte de descubrirlo una tarde conduciendo por la M30 con Martín en el asiento de atrás. ¿Susto? Bueno, nada comparable a cuando un camión me embistió con él en el coche y se dio a la fuga, pero vamos, que me ‘acochiné’ un poquito bastante. Afortunadamente pasó, aunque duró una temporada porque, según el médico, se debía a que no había terminado de expulsar los líquidos retenidos en las muñecas al final del embarazo. Me dijo que en 4 ó 5 meses dejaría de pasarme y así fue, pero no veáis los malabares que hacía cuando me despertaba de madrugada para dar de comer a Martín y las manos no me respondían.

– Por muy bien que te hagan la episiotomía y por muy pocos puntos que te den, ‘eso’ no queda como antes. Al menos esa es mi experiencia hasta ahora. No sé cómo estará cuando pase más tiempo. Y no voy a hablar más de este tema.

– Los cambios de humor no solo no terminan cuando das a luz, sino que además SE AGRAVAN. Yuuujuuuuuuuuuu. No solo porque estés con las hormonas revolucionadas, sino porque estás cansada, un ser humano depende de ti, tu pareja está en modo ‘a-por-uvas’ y al principio todo el mundo te consiente que pegues un grito porque “pobrecita, está con el postparto”. Pero, amigas, ese chollo también se acaba y un día, tu madre o tu chico te dicen “hala, bonita… tira, tira…”.

– Tienes pánico a dejar a tu hijo con alguien que no seas tú. Y mi caso es aún más grave, porque esto incluía al padre. Durante el embarazo iba de liberada y proclamaba a los 4 vientos “yo? se lo voy a dejar a todo el  mundo! no soy de esas madres petardas”. Bueno, pues efectivamente lo soy y cada vez que he tenido que confiar a Martín a alguien, he sufrido como una condenada hasta que lo he vuelto a ver. Afortunadamente para mis nervios y mi salud mental, solo me pasa la primera vez que se lo dejo a esa persona. Cuando vuelvo y compruebo la ausencia de daños, ya me relajo y me insulto mentalmente durante un rato.

Y ahora mismo no me viene nada más a la cabeza.  Besos y hasta la semana que viene!

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¡Ocho meses!

martin

8 meses hace ya que Martín llegó. ¡Qué fuerteeeeeeeeeeeeee! Recuerdo que empecé mi blog de embarazada (que es algo que está muy de moda, soltar tus rollos de preñada) cuando estaba solo de 8 semanas. Quién me lo iba a decir, entonces ni siquiera se me notaba y ahora tengo un aberroncho de 8 meses que campa a sus anchas por donde pasa. O mejor dicho, por donde le llevamos, porque el pobre lo que viene siendo autonomía no es que tenga mucha todavía. Como diría Jesulín, dos palabras… ¡IM-PREZIONANTE!

Vino a este mundo el 20 de marzo, el mismo día que mi amigo Juanjo, algo que me inquieta profundamente, porque es un tío muy raro y vete tú a saber si eso tiene algo que ver con la fecha. Debo decir que me lo puso muy fácil para salir, teniendo en cuenta que soy la persona con más miedo al parto que he conocido jamás. Pero que nadie confunda el “me lo puso fácil” con “no me dolió”. Dolió. Y dolió mucho hasta que llegó la epidural, que para eso era un parto y no un paseo por las nubes.

Así que, tras unos meses de adaptación, algunos problemas con la lactancia (dar el pecho también duele al principio, por si no os lo han dicho. De nada. A mí nadie me lo dijo. Gracias), un idilio total entre madre e hijo (más de la madre que del hijo; a veces creo que no le termino de caer bien) y algunas cosas más que os iré contando, creo que ha llegado el momento de dar la cara y presentar a mi mondongo. Y, por qué no, presentarme yo también. Así que… tachán tachán… los de las fotos de arriba somos nosotros. Él, con algunos kilos menos que ahora, y yo, con algunos más (aunque el retorno a la oficina está sirviendo para empezar a atisbar aquella persona que un día fui). Ahí Martín tenía solo 4 meses, pero me encanta que sea la que ilustre el blog porque aparece tal y como es: gordo, repanchingado y feliz. Y yo… pues lo mismo: gorda, repanchingada y feliz.

Así que… we’re back! Y esta vez él ya es una persona completa, que aunque aún no tenga voz, probablemente su voto sea el más decisivo a la hora de sacar adelante este blog. Hasta la semana que viene!

PD: Incluyo también un dibujo de Martín que le hizo su prima cuando nació, para que veáis la artista que tenemos en la familia. Lo clavó la tía… especialmente en el color de ojos… que más marrones no los puede tener…

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