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Experiencia piscinera

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Mi sirenito

Por lo que estoy descubriendo, en el mundo infantil hay dos tipos de niños: los que adoran el agua y los que la aborrecen. Martín pertenece al primer grupo. Le encanta bañarse en casa, en el mar, en la piscina y en el estanque de los patos, si le dejas. Así que, desde que era muy bebé, hemos ido a clases de matronatación. Nos metíamos juntitos en el agua y disfrutábamos de media horita de chapoteos y cabriolas que cada vez se han ido haciendo más atrevidas por su parte y más terroríficas para esta su madre.

Pero ahora que tiene dos años y medio, la matronatación se nos ha quedado ya un poco corta. Así que, como este verano en la piscina de casa se ha soltado bastante con su burbuja-flotador y su “churro”, vimos que había llegado el momento de que nadara solo. Algo que yo he agradecido infinitamente, puesto que ir con las piernas depiladas perfectamente en invierno no veas si me cuesta.

Total, que empezamos el mes de septiembre y le apunté a una piscina en la que mis sobrinos habían aprendido a nadar y me daba bastante confianza. Estuvimos viendo las instalaciones y tenía buena pinta: grupos de 5 niños por monitor, un cristal enorme desde el que ver a tu retoño durante la clase, un vestuario adaptado para que las mamis y papis pudieran vestir a sus niños, etc… Peroooo… en nuestra visita solo habíamos visto clases de niños más mayores, con lo que no pude comprobar in situ como se manejaban con los pequeñitos como Martín. Aún así, me aseguraron que no había ningún problema y que cuando que empezáramos podía hablar con el profesor antes de la clase para ponerle un poco en contexto sobre como se relacionaba mi hijo con el agua.

Llegó el día: Martín ya sabía que mamá ya no se metía con él y no parecía importarle. Le preparé y le acompañé casi hasta el borde de la piscina, donde se agolpaban todas las madres: las que esperaban a que sus hijos terminaran la clase y las que llevaban a los suyos de la mano a esperar a que el monitor viniera a buscarlos. Y, de repente, se formó el caos: niños que salían corriendo de la piscina muertos de frío se mezclaban con los que iban a entrar, yo no sabía a quién darle mi hijo, hasta que una chica me pregunta el nombre y le coge de la mano para llevárselo al monitor que le correspondía. Le digo que quiero hablar primero con él y me dice que después de la clase.

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Esta foto NO es de ese día

Total: Martín llorando en medio del follón porque no sabía donde le llevaban y yo angustiada por la situación. Me voy a verle desde la cristalera y compruebo que sí, que los grupos eran de 5 niños por monitor… ¡pero había 3 grupos en una calle! Empiezan a bajar a los niños al agua uno a uno y los van dejando solos agarrados a un churro mientras bajan a los demás. A todo esto, no sabían si mi hijo había cogido un churro en su vida o no. 3 adultos para 15 niños, imaginaos la cantidad de veces que les daban la espalda. Os juro que me angustio de nuevo solo de escribirlo y estoy segura de que Martín no se soltó del puritito miedo que tenía (hecho que me confirmó el monitor después cuando le planté la mosca).

Ni una burbuja, ni un flotador. Que oye, igual no es necesario, pero cuando no sabes si un niño es de una manera u otra con el agua, creo que toda precaución es poca. Cuando se cruzaban los grupos, solo veías un batiburrillo de brazos y piernas, Martín berreando como un poseso y yo loca intentando no perder de vista su gorro rojo por si le veía sumergirse. Y así, media hora. Imaginad la tensión que tenía que al día siguiente no podía mover las muñecas de lo que las apreté contra la silla en la que estaba sentada, preparada para atravesar el cristal en cualquier momento. Y el final de la clase, de traca: les ponían en el bordillo sentados y el profe los iba cogiendo y haciéndoles dar piruetas, mientras que los demás se iban escurriendo hacia abajo dentro del agua. Con deciros que, ante mi mirada aterrada, Martín se puso de pie una vez, se fue a buscar una pelota que había en el bordillo y el profesor ni se enteró…

Cuando acabaron casi le tengo que agarrar del bañador (porque de la solapa era difícil) para que hablara conmigo. Y me dice que le ha visto con miedo, pero bien. Mande? Cuando le comento lo de ponerles algo por seguridad me dice que eso lo hacen según vean al niño. Perdona, entonces a mi hijo si lo has visto con miedo y, además, no le conoces, ¿por qué no lo has hecho?

Fue nuestra primera y última clase. Así que ahora me encuentro de nuevo a la busca y captura de otra piscina en la que no morir de una ataque al corazón (yo) y de ahogamiento (él). Seguiremos informando.

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Mamá ya no es la más guay

Así es, queridos y queridas. Ya no soy el centro del universo para mi chiqui. Ha descubierto que el amor de papá y los abus también mola. Y que mamá está bien pero, “aunque me limpia el culo, me hace la cena, me compra la ropa, me hace el disfraz de carnaval y me lleva al parque,  es muy pesada y besuquea mucho. Y además, a veces me riñe, me pone límites, me lava los dientes, pretende que haga pis en el orinal y quiere que me coma la fruta… con lo que me gusta a mí hacer lo que me da la gana”.

IMG_2367Este es el razonamiento que quiero pensar hace mi hijo en su linda cabecita, porque sino no entiendo que ya no sea LO ÚNICO para él. Ayyyyy, yo que alguna vez osé a quejarme de que estaba un poco ‘enmadrao’, porque me miraba con pena si me iba a hacer pis y me llamaba incansable en sus despertares nocturnos. Ahora el muy infiel se atreve a llamar también a su padre, ese usurpador, ese compañero de juegos que llega para revolucionármelo a diario cuando estoy a punto de bañarle. El único al que da besos y, sin duda, el personaje de moda esta temporada. Y no es que a mí me lo parezca. ¡Es que me lo dice! ‘Cariño, te quiero. ¿Tú me quieres?’ ‘no’ ¿y a papá?’ ‘a papá, sí’. Toma ya.

Y para qué queremos más cuando aparece alguno de los dos abuelos. Para ambos tiene siempre amor y no intentes separarle de ellos, que te la lía. Ahí sí que ya desaparecen papá, mamá y, por supuesto, las abuelas, a las que básicamente yo creo que ve como unos robots que hacen la comida  y le dan chocolate, porque vaya manera de ignorarlas. Ni que ensayara. Puede pasar a su lado mientras le hablan que desarrolla una sordera que en mi vida había visto.

Al menos me queda el consuelo de que cuando está cansado o malito o se da un golpe, siempre vuelve a mí, a mis brazos y a mi calorcito. Muy triste, porque eso no es consuelo ni es nada, que yo no quiero que esté malito ni se dé golpes. Hijo, ¿cuándo me dedicarás de nuevo a mí y solo a mí tus sonrisas?

PD: Reconozco que me encanta que quiera tanto a otras personas, pero… ¡mamá es mamá!

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Balance de regalos

IMG_3697No sé ya cómo pedir disculpas por mis largas ausencias de este blog. Así que no voy a soltar rollos innecesarios y me quedaré con lo que importa: ¡ya estoy aquí! 😉

Como a estas alturas es absurdo hablar de mis propósitos maternales para 2015 y, además, he visto que ha sido el tema más tratado en todos los blogs en lo que va de año, os voy a contar algo que me está quitando el sueño y, que casi 15 días después de la llegada de los esperados Reyes Magos (esperados por mí, porque Martín sigue sin tener ni idea de quiénes son, a pesar de que le arrojado a sus brazos varias veces durante las navidades), puedo constatar sin temor a equivocarme: los padres somos imbéciles.

Os preguntaréis porque digo esto y probablemente afirméis que yo soy la única imbécil que hay, pero dejad que me explique. Cuando llegan las fiestas, los padres nos volvemos locos. Especialmente los que tenemos niños muy pequeños y, más concretamente, los que solo tenemos uno, en torno al cual gira absolutamente todo. Queremos comprarles un montón de cosas, que no les falte de ná (de ná, de ná), creemos ver el deseo en sus ojillos cada vez que miran un escaparate… En fin, que al final nos montamos nuestra propia película y, como tenemos que pedir por ellos, pues lo hacemos así, a lo burro. Y ¿qué pasa luego? Que nos comemos los regalitos con patatas.

Paso ahora a relatar lo que hemos pedido nosotros (bueno, pluralizo para no quedar mal, pero en realidad he sido yo al 100%) ‘basándonos’ en sus gustos:

IMG_3646Un kit de limpieza. Embargada por la emoción que me provocaba verle imitarme con un klinex cuando limpio el polvo y por la manera que tenía de abalanzarse sobre la fregona, convencí a mis suegros de que su regalo debía ser este. Y le compraron el Ferrari de la limpieza: cubo, fregona, escoba, cepillo, dispensador de jabón y… ¡hasta aspiradora! ¡Qué gusto daba verle pasearse por la casa empujando su carrito, parecía el portero de la urbanización recién iniciada su jornada! No cabía en mi de gozo.

Resultado: 24 horas después se olvidó de él. Ahora alguna vez utiliza la fregona para golpear las paredes y el palo de la escoba para jugar al hockey con una pelota. Y sigue intentando arrebatarme mi propio cubo.

Una sillita para llevar bebés. Siempre siempre quiere empujar su propia silla, íbamos al Corte Inglés y se volvía loco con las de los Nenucos (tengo un vídeo que lo confirma), así que yo, que no soy nada sexista con estas cosas (con otras sí, lo admito), pensé ¿qué mejor regalo para mi chiquitín?

Resultado: le hizo caso 2 días y ahora es ese trasto con el que me tropiezo cada vez que entro en su habitación.

Dos motos. Sí, sí… no una… ¡dos! Son de esas que no tienen motor ni nada, pero que van empujando con los pies. Una para nuestra casa y la otra para cuando vamos a la ciudad en la que viven mis padres, porque como estábamos convencidos de que iba a ser el regalo estrella, seguro que tendríamos que estar cargando con ella cada vez que fuéramos de un sitio a otro.

Resultado: sale emocionado de casa montado en ella y cuando llegamos al portal se baja y te la señala con el dedo para que la lleves tú. Acabamos siempre con el niño en un brazo y la dichosa moto en otro. Con lo cuál si antes me quejaba de tener que cargar con un niño de 13 kilos, ahora hay que sumarle los 5 que pesa la moto.

Un helicóptero. No sabe ni jugar con él entre otras cosas porque el bicho pesa un quintal y no puede casi ni levantarlo. Encima, yo sufro cada vez que lo pone en marcha porque veo muy claramente que un día las hélices le rebanan la nariz. De hecho, creo que acerca la cabeza más de la cuenta tentando a la suerte a propósito.

Resultado: helicóptero condenado al ostracismo en un rincón. También me lo llevo por delante cada vez que entro.

Un camión de la basura, un trailer, un coche, dos puzzles y un libro. Uno todos estos en la misma categoría porque son los que realmente han triunfado. Se pasa las horas muertas con sus coches y también le encanta hacer y deshacer los puzzles.

FullSizeRenderPero lo que más adora es su libro. Un libro de medios de transporte con solapas para que vaya descubriendo cuál es cada uno y que, curiosamente, fue el más barato de todos los regalos que ha tenido. Llega a casa y va corriendo a buscarlo, lo mira y lo remira durante horas y nunca se cansa. Antes de acostarle ha pasado de querer que le leamos un cuento a que nos sentemos con él y levantemos solapas para ver qué coche-bici-autubús-moto-grua-camiónvolquete (sí, yo no sabía ni que eso existía) hay debajo.

Conclusión de este estudio de campo: los niños son imprevisibles (menudo descubrimiento) y los padres unos consumistas. Las que tenéis niños de la edad del mío (casi dos años) aprovechad, que áun estamos a tiempo de salvarles y todavía no parece que les ha hecho la boca un cura. Yo, para el año que viene, pienso reducir mucho la lista de regalos… hasta que vuelva a ver su carita pegada a un escaparate.

 

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Nuestra boda

 

Siento este nuevo parón en el blog, pero prometo que será el último. La razón de mi ausencia: nos hemos ido de boda (la nuestra) y posterior luna de miel, niño included.

Y, ¿cómo es casarte cuando ya tienes un hijo? Pues imagino que muy diferente a hacerlo cuando no lo tienes, con todo lo que implica no sólo en los preparativos sino durante la boda en sí y la luna de miel.

Siempre he oído que las novias no-madres dedican su última semana de soltería a mimarse y relajarse, porque llevan tantos meses preparando el evento que los días previos tienen todo listo y solo les queda ponerse estupendas.

Pues bien, yo la mía a lo que la dediqué fue a ir corriendo de un lado para otro, eligiendo pendientes, flores, comprando una faja de urgencia a 24 horas de la boda, las corbatas de novio y padrino, cortándome el pelo, cortándole el pelo a mi hijo y cerrando mil y un detalles que no había podido hacer antes. Cuadrando sus siestas con mis pedicuras y manicuras y robándole horas a mi madre para que se hiciera cargo de él cuando yo tenía que hacer un recado urgente que me impidiera llevarlo.

No me di masajes de relajantes, ni dormí 8 horas seguidas el día D para levantarme con la piel tersa como un bebé. Antes de pasar por chapa y pintura, le di el biberón y le cambié el pañal, y antes de enfundarme el traje de novia, le vestí, le peiné y le perfumé.

Su padre corrió y corrió detrás suyo durante todo el día (mi movilidad era muy reducida gracias al vestido) y alternó con los invitados menos de lo que hubiera sido deseable para un novio. Volvimos de nuestra noche de bodas raúdos y veloces para relevar a los canguros y hacernos cargo de él. Y durante nuestra luna de miel hemos disfrutado de poco turismo y cero veladas románticas,  pero sí de mucho ‘parqueteo’, escalada a toboganes y piscinas infantiles.

Tal como lo he contado puede desencantar a l@s amantes de las bodas. Pero confieso que no cambio absolutamente nada de la mía. No consigo imaginar ese día sin Martín porque él fue su razón de ser. Él es la mayor prueba de amor entre nosotros que hubiéramos podido tener ese día. Bueno, ese día y todos. Por eso esta boda nuestra era suya también.

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La playa: de pardillos a profesionales

tiburonLa semana pasada hubo puente en Madrid, así que aprovechamos para poner rumbo a la playa. Y hoy os vengo a contar cómo en tan solo 24 horas pasamos de ser unos novatos padres playeros a convertirnos en unos profesionales del veraneo infantil junto al mar. Aquí os cuento qué llevar y qué dejar en casa para pasar una nunca tranquila jornada playera.

– La sillita: El primer día la bajamos. ¿Para qué? Para nada, porque el niño estuvo sentado en ella la friolera de 5 minutos y hubo que cogerla a hombros para meterla y sacarla porque las ruedas no rodaban por la arena. El segundo día quedó condenada al ostracismo en casa de los abuelos.

– Sombrilla: El primer día nos la dejamos. ¡Nain nain nain!  Sombrilla + niño: (probable) siesta feliz. Al día siguiente ella misma nos pedía a gritos que la lleváramos.

– Bañador: Sé lo que opina mucha gente de tener a los niños desnudos en la playa porque hasta hace dos días yo pensaba igual. Pero, ¿para qué leches quiere un niño de 15 meses un bañador encima del pañal? Es más, ¿para qué quiere un pañal en la playa? El primer día le pusimos una braga pañal acuática y encima el bañador. Daba penita verlo. Así que todo fuera y en la siguiente jornada estuvo en pelota picada de principio a fin. Miento: llevaba el gorro.

– Factor sobrina de 10 años: Un gran activo a tener en cuenta. Nos la llevamos el segundo día y gracias a ella hasta pude tomar el sol un rato.

– Aperitivo: Fundamental que tengáis algo de picar si no queréis subiros a los 10 minutos de llegar porque al crío le toca comer. Le llevamos los dos días, pero el segundo nos habíamos perfeccionado y teníamos un amplio menú a elegir entre dulce, salado y postre.

– Cubo, pala y rastrillo: Compramos el kit en un chiringuito de urgencia porque, como buenos pardillos, íbamos sin él. Lo mejor: llenarle el cubo de agua y llevarlo a la toalla para engañarle cuando tienes que sacarle del agua.

– Otros amigos con hijos: El primer día fuímos solos. El segundo acompañados. Y no hay color. No veas si se agradece estar con otros adultos.

– Muchos muchos muchos baños en el mar: Llegamos con el niño acatarrado y como buena madre pardilla solo me atrevía a meterle los pie en las frías aguas del Cantábrico. Hasta que una amiga de mi madre me dijo “pero hijaaaa métele bien que se le quitan todos los males”. Dicho y hecho. Solo nos faltó hacerle aguadillas. ¡Está como nuevo!

Nos queda todo un verano junto al mar. Seguiremos informando!

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El angelito se transforma

¿No os pasa que hay días que tenéis una conexión brutal con vuestro bebé, que todo son sonrisas, alegrías, largas siestas, cacas lustrosas, gracietas y mucho “mamá, muuuuuuuuuuua”? Te sientes la mejor madre del mundo, todas las piezas encajan, la vida tiene más sentido que nunca y tú te ves hasta más guapa y delgada.

Miedito

¿Y no os pasa también que otros días sucede todo lo contrario? El niño refunfuña A-TODAS-HORAS, hace el arco (y el orco) cuando lo metes al coche, se caga en los momentos más inoportunos, sientes que llevas el pelo sucio aunque lo hayas lavado esa mañana  y el espejo te devuelve una imagen que quisieras que no fuera la tuya.

Y yo me pregunto, ¿de qué depende que tu vida parezca tan diferente de un día para otro, si el pequeño Damien ha dormido las mismas horas que el día anterior, ha comido lo mismo y habéis hecho prácticamente las mismas actividades? Mi conclusión es la siguiente, aunque a priori pueda parecer una rubichorrada: se está convirtiendo en una persona de verdad. Me explico: siempre ha sido una persona, pero ahora tiene personalidad. Y va a la guardería, un plus a tener en cuenta en esto del espabile infántil.

Más miedito de madrugada

Más miedito de madrugada

Como todos nosotros, ya tiene sus días buenos y malos; a veces se levanta con el pie izquierdo o pletórico vaya usted a saber porqué. Saca el brazo por los barrotes de la cuna con su terrorífico chupete luminoso en la boca y te da en la pierna para decirte que ya ha dormido lo suficiente. Por la calle ya expresa con su dedito rechoncho y comestible hacia donde quiere ir y qué quiere ver. Y te dice sí o no con la cabeza cuando le ofreces agua. Esto, amig@s, es lo que más me flipa porque siento que ya tenemos conversaciones.

Deseando estoy de que empiece a hablar y me diga “mira mamá, que paso de comer ese pure; dame chocolate o un chupito de naranja”.  Y de que se confirme si esa mala leche que se atisba es producto de sus doloridas encías o realmente ha heredado EL GEN (en mayúsculas, porque es muy fuerte) a saber de quién… ;-P

 

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Mi momento más temido: la guardería

latortumochila

La tortumochila para la guardería

Ya os adelantaba al final del último post que habían admitido a Martín en la guardería y, si nada lo impedía, debería empezar esta semana. Bien, pues algo lo ha impedido. Yo.

Me había hecho a la idea de que no iría hasta primeros de abril, con su añito recién cumplido, trotando y siendo capaz de cambiarse el pañal con una sola mano. Pero resulta que ha quedado una plaza libre y la cogemos ahora o nos quedamos sin ella. Así que, con todo el dolor de mi corazón, decidimos adelantar un mes la incorporación al nuevo mundo.

Pero seamos sinceros: a mí me parecía muy precipitado todo. Es como si se me fuera a la mili, y yo necesito tiempo para prepararle su petatín: que si hay que marcarle la ropa, que si los chupetes deben llevar su nombre, que si tiene pocos chandals y he de ir a comprar más… entre nosotr@s: excusas baratas para retrasar el momento lo máximo posible.

Así que el otro día fuimos a ultimar detalles a la guardería con la directora. Fue un momento realmente vergonzoso que duró 30 minutos, tiempo suficiente para que yo casi rompiera a llorar en tres ocasiones:

Ocasión número 1: al preguntar si le cambiaban el pañal nada más hacerse caca “porque a mi niño hay veces que no le huele y a lo mejor no se dan cuenta”. No sabría decir qué significaba la mirada de la directora, pero la de mi amorcito estaba clara: vergüenza.

Ocasión número 2: “mi niño no come sólidos, no le daréis sólidos? que se me va a ahogaaaaaaaaaar!”. La noté con ganas de decirme: “sí hija, y se lo metemos pa’dentro como si estuviéramos cebando a un pavo”.

– Ocasión número 3: “mi niño todavía duerme una siesta por la mañana y otra por la tarde y no sabe beber agua solo. Estarán pendientes de ello, verdad? Si tiene sueño le acuestan, no?”. Aquí ya la buena mujer simplemente se echó a reír.

A punto estuve de salir corriendo, subir a la oficina (la guardería está en mi trabajo) y decirle a mi jefe que me despedía para dedicar mi vida entera a cuidar de mi retoño. Pero nos dimos un tour para ver su clase (‘Los Conejitos’, que me encanta) y me llevé una alegría al ver a los que van a ser sus compañeritos, recién levantados de la siesta y jugando contentos alrededor de la profesora. Ni una lágrima, ni una cara larga….

Bueno, igual no era todo tan idílico y mi mente quiere autoconvencerse de que Martín va a estar bien allí abandonado entre extraños después de haber vivido como si fuera Nerón sobre su diván con los abuelos. Mi único consuelo es que es más bruto que un bocadillo de cemento y confío en que sepa defenderse ante cualquier adversidad que se le presente.

¿Y vosotr@s? ¿Tenéis buenas experiencias con las guarderías? Si son malas, no las contéis aquí! ;-P

 

 

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Aunque parezca increíble… ¡hay vida después de un bebé!

Una (ex) ‘amiga’, cuando le conté que estaba embarazada, me soltó “tu vida social se ha terminado”. Y luego añadió “a mi casa no lo traigas”. Aunque la relación terminó por otros motivos, podéis imaginar que con semejantes antecedentes poco más podía durar.

Esta historia me da pie a hablar de cómo mucha gente considera que tener un hijo es el fin del mundo. Al igual que hay padres que de repente reniegan de toda su vida pasada y censuran a todo el que no quiere traer un retoño al mundo, también hay otras personas que creen que si tienes un hijo tu vida ha terminado y a partir de ahora solo te dedicarás a vagar por el mundo con un bebé en brazos (aunque ya tenga 14 años y calce un 42), rezumando leche y con la camisa eternamente manchada de vómito.

laura-sanchez-zombie--644x362Bien, ni una ni otra cosa; a los primeros la verdad es que no les entiendo, porque es como si reconocieran que su vida antes era una caca. Y a los segundos sí, porque hablan desde el desconocimiento.

A todos les diré una cosa: cuando tienes un bebé, los primeros meses o asumes que va a ser un festival de noches en vela y pañales… o mueres ipso facto. Pero pasa a una velocidad que ni Indurain en sus mejores tiempos. Después, todo es más nítido, las noches se alargan, los horarios se normalizan y tú te depilas las piernas otra vez. Y volvéis a salir a cenar o a tomar copas con los amigos.

mamaaaaá, dónde estaaaaás?

Sí, amores, eso es posible. Ojo, que yo solo tengo uno y no sé cómo son las cosas con dos o más. Pero en mi caso, con una buena logística y un cambio de actitud, todo es posible. Tengo una abuela (del niño, no mía) que hace de canguro siempre que lo necesitamos (si salimos los dos, claro). No es costumbre todos los fines de semana, pero sí un par al mes por lo menos. Siempre dejamos a nuestro hijo cenado, acostado y estamos ahí cuanto se despierta, con lo que podéis deducir dos cosas: 1. Ni se entera de que nos hemos marchado (el lechoncín duerme una media de 12 horas). 2. Lo de chuzarse como un piojo, se acabó. NO LO HAGÁIS. O al día siguiente viviréis una experiencia más traumática que tragarte en una tarde todas las películas de Haneke y Von Trier.

En cuanto al día a día, por supuesto que tu vida cambia y hay que adaptarla a sus horarios y necesidades; pero descubres que hay millones de cosas que no habías hecho antes y te encantan. Tu vida cambia, pero a mejor, tienes mucho de lo anterior y todo lo nuevo.  Excepto si lo que quieres hacer es ir de compras con él. Esa actividad sí que es incompatible con la maternidad. Al menos, a mí pocas veces me deja.

 

 

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Cantajuegos y Baby Einstein: hipnotizadores de bebés

lanaranjamecanica-f1¿Qué tienen los Cantajuegos y Baby Einstein que me dejan al niño como a Alex de La Naranja Mecánica después del tratamiento Ludovico? No tengo ni idea, pero son droga pura. Y dura.

La primera vez que vi Baby Einstein pensé “pero qué es estoooooooooo?”. Imágenes inconexas de pajarillos, animales, molinillos de viento y niños sonriendo, todo mezclado y aderezado con música clásica. Flipé y pensé que el niño iba a apuntar esto en su lista imaginaria de cosas por las que me va a meter al asilo, pero como todos los padres que nos lo recomendaban hablaban de sus virtudes, no seré yo la que se desmarque de lo que hace la masa.

Y cuando él lo vió, flipé de nuevo. Es empezar y ya puede estar arrancándole la cabeza a Epi o matando a golpes la tarima flotante, que se queda quieto parao y no despega la vista de la tele hasta que acaba. Tanto que me da hasta mal rollo, y eso que la ve cuatro veces al mes. Pero, tachadme de la mala madre, hay días en los que vuelves agotada y dices “10 minutos de ‘Baby Einstein’ nos van a venir muy bien a los dos para relajarnos…?”. Aunque confieso también que desde que me he enterado que Disney reconoció que de educativo no tiene nada y es más bien un hipnotizador de niños intento no ponérselo… (mucho).

cantajuego_madridEn cuanto a los Cantajuegos, eso es harina de otro costal. El nivel de excitación que le entra al verlos solo es comparable al que alcanza su padre cuando ve a la morenita de las coletas. Grita, gruñe, salta y a veces hasta me intenta morder la cara (el niño, no el padre). En dos palabras: le encanta. Sobre todo si su madre (yo) lo da todo cantando desaforada ‘El señor Don Gato’ como si estuviera en un concierto de Madonna o bailándole ‘Soy una taza’. ¿Qué tienen? ¿Son los estilismos que llevan, nada apropiados para personas de treintaytantos años, y la voz de niño pequeño que ponen (y que me da mucho repelús)? ¿O es porque todas las canciones van acompañadas de una coreografía diferente, obligándonos a los padres a aprendernos todas y cada una de ellas para entretener a nuestros retoños? Esto me frustra mucho, porque yo me he inventado mis propias coreografías para otras canciones (normalmente también inventadas por mí) y Martín me mira con cara de “Eres una impostora. Y lo sabes”.

No sé que será, pero confieso que yo estoy deseando llevarle a algún concierto a ver cómo reacciona cuando los vea en directo. Y estoy segura de que papá también quiere… aunque por otros oscuros motivos…

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