Balance de regalos

IMG_3697No sé ya cómo pedir disculpas por mis largas ausencias de este blog. Así que no voy a soltar rollos innecesarios y me quedaré con lo que importa: ¡ya estoy aquí! 😉

Como a estas alturas es absurdo hablar de mis propósitos maternales para 2015 y, además, he visto que ha sido el tema más tratado en todos los blogs en lo que va de año, os voy a contar algo que me está quitando el sueño y, que casi 15 días después de la llegada de los esperados Reyes Magos (esperados por mí, porque Martín sigue sin tener ni idea de quiénes son, a pesar de que le arrojado a sus brazos varias veces durante las navidades), puedo constatar sin temor a equivocarme: los padres somos imbéciles.

Os preguntaréis porque digo esto y probablemente afirméis que yo soy la única imbécil que hay, pero dejad que me explique. Cuando llegan las fiestas, los padres nos volvemos locos. Especialmente los que tenemos niños muy pequeños y, más concretamente, los que solo tenemos uno, en torno al cual gira absolutamente todo. Queremos comprarles un montón de cosas, que no les falte de ná (de ná, de ná), creemos ver el deseo en sus ojillos cada vez que miran un escaparate… En fin, que al final nos montamos nuestra propia película y, como tenemos que pedir por ellos, pues lo hacemos así, a lo burro. Y ¿qué pasa luego? Que nos comemos los regalitos con patatas.

Paso ahora a relatar lo que hemos pedido nosotros (bueno, pluralizo para no quedar mal, pero en realidad he sido yo al 100%) ‘basándonos’ en sus gustos:

IMG_3646Un kit de limpieza. Embargada por la emoción que me provocaba verle imitarme con un klinex cuando limpio el polvo y por la manera que tenía de abalanzarse sobre la fregona, convencí a mis suegros de que su regalo debía ser este. Y le compraron el Ferrari de la limpieza: cubo, fregona, escoba, cepillo, dispensador de jabón y… ¡hasta aspiradora! ¡Qué gusto daba verle pasearse por la casa empujando su carrito, parecía el portero de la urbanización recién iniciada su jornada! No cabía en mi de gozo.

Resultado: 24 horas después se olvidó de él. Ahora alguna vez utiliza la fregona para golpear las paredes y el palo de la escoba para jugar al hockey con una pelota. Y sigue intentando arrebatarme mi propio cubo.

Una sillita para llevar bebés. Siempre siempre quiere empujar su propia silla, íbamos al Corte Inglés y se volvía loco con las de los Nenucos (tengo un vídeo que lo confirma), así que yo, que no soy nada sexista con estas cosas (con otras sí, lo admito), pensé ¿qué mejor regalo para mi chiquitín?

Resultado: le hizo caso 2 días y ahora es ese trasto con el que me tropiezo cada vez que entro en su habitación.

Dos motos. Sí, sí… no una… ¡dos! Son de esas que no tienen motor ni nada, pero que van empujando con los pies. Una para nuestra casa y la otra para cuando vamos a la ciudad en la que viven mis padres, porque como estábamos convencidos de que iba a ser el regalo estrella, seguro que tendríamos que estar cargando con ella cada vez que fuéramos de un sitio a otro.

Resultado: sale emocionado de casa montado en ella y cuando llegamos al portal se baja y te la señala con el dedo para que la lleves tú. Acabamos siempre con el niño en un brazo y la dichosa moto en otro. Con lo cuál si antes me quejaba de tener que cargar con un niño de 13 kilos, ahora hay que sumarle los 5 que pesa la moto.

Un helicóptero. No sabe ni jugar con él entre otras cosas porque el bicho pesa un quintal y no puede casi ni levantarlo. Encima, yo sufro cada vez que lo pone en marcha porque veo muy claramente que un día las hélices le rebanan la nariz. De hecho, creo que acerca la cabeza más de la cuenta tentando a la suerte a propósito.

Resultado: helicóptero condenado al ostracismo en un rincón. También me lo llevo por delante cada vez que entro.

Un camión de la basura, un trailer, un coche, dos puzzles y un libro. Uno todos estos en la misma categoría porque son los que realmente han triunfado. Se pasa las horas muertas con sus coches y también le encanta hacer y deshacer los puzzles.

FullSizeRenderPero lo que más adora es su libro. Un libro de medios de transporte con solapas para que vaya descubriendo cuál es cada uno y que, curiosamente, fue el más barato de todos los regalos que ha tenido. Llega a casa y va corriendo a buscarlo, lo mira y lo remira durante horas y nunca se cansa. Antes de acostarle ha pasado de querer que le leamos un cuento a que nos sentemos con él y levantemos solapas para ver qué coche-bici-autubús-moto-grua-camiónvolquete (sí, yo no sabía ni que eso existía) hay debajo.

Conclusión de este estudio de campo: los niños son imprevisibles (menudo descubrimiento) y los padres unos consumistas. Las que tenéis niños de la edad del mío (casi dos años) aprovechad, que áun estamos a tiempo de salvarles y todavía no parece que les ha hecho la boca un cura. Yo, para el año que viene, pienso reducir mucho la lista de regalos… hasta que vuelva a ver su carita pegada a un escaparate.

 

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Los parques infantiles. Ese extraño planeta

parques2

Con esta visión, ¿qué madre va a querer ir a un parque?

Cuando no era madre, pasaba por delante de los parques (aunque yo de toda la vida les he llamado “loscolumpios”, así en conjunto, sin importar que en algunos no haya columpios y sí 3 toboganes y 4 balancines) sin prestarles la más mínima atención. Vamos, que la mayoría de las veces ni me daba cuenta de que había uno a no ser que me pegaran un balonazo en toda la cara o se me tirara un niño a los pies.

Pero ahora se están convirtiendo en un lugar que cada vez frecuento más y en el que, siendo sincera, no termino de encontrar mi sitio. Primero porque odio, y repito ODIO, los que son solo de arena. Bueno, arena digo… ¡tierra de obra es lo que tienen! No soporto tener que adentrarme en medio de la polvareda con la ropa del trabajo (casi nunca me da tiempo a pasar por casa antes) para ver cómo mi hijo se reboza cual croqueta playera cada vez que se tira del tobogán. Así que en mi peregrinaje buscando parques que tengan suelo de caucho he tenido la oportunidad de sacar diferentes conclusiones:

1. El parque es la excusa perfecta de muchos padres y/o madres para socializar con otros adultos. Al igual que se forman grupos de dueños de perros que quedan para sacarlos a hacer pipí, lo mismo pasa con los niños en los parques. Y Dios me libre de comparar niños con perros. Es solo un ejemplo.

Aquí yo fallo de pleno, porque al parque voy a que el niño se desfogue, no a hacer amigos. Que para eso ya tengo los míos. Y me joroba mucho tener que hacerme la simpática y dar siempre la misma conversación (“el tuyo cuanto tiempo tiene?” “uy, está muy grande para su edad”, “mira esta, qué piquito tiene,” “cómo se nota la diferencia entre niños y niñas, eh?”) a gente que probablemente me vuelva a cruzar dentro de dos días y ni me saluden. Me ha pasado. Y me han dejado con el hola en la boca más de una vez.

2. Lo paso terriblemente mal cuando otro niño le quita al mío un juguete y, si su madre no interviene (aunque la mayoría de las veces, lo hacen), tengo que hacer de tripas corazón, consolar a mi chiquitín con otra cosa y reprimirme las ganas de arrinconar al otro y decirle “que sea la última vez que te atreves”. Sé que es ley de vida con los niños. Pero me repatea.

3. A consecuencia del primer punto, siempre se terminan formando grupitos de padres que automáticamente parecen ser los dueños del lugar y cuando tú, esa desconocida apática y asocial, llegas con tu retoño, te miran como si te hubieses colado en la mismísima cocina de su casa. Y encima fallas en el dress code.

4. No sé qué pasa ahí dentro, si a mi hijo automáticamente le crecen unas coletas y un vestido y yo no lo veo, pero siempre siempre hay alguien que piensa que es una niña. WTF?? ¡Si tiene cara de levantador de piedras y manos de jugador de la NBA! Parece absurdo, pero es real como la vida misma. “Cuidado con la niñaaaaa”. Y yo ya no tengo que mirar más. Se refieren a Martín.

5. Siempre fallo en el juguete que debo llevarle. Si escojo el cubo y la pala, quiere la pelota de aquel niño. Si le llevo la pelota, quiere el triciclo de esa niña. Si le llevo todo, opta por abandonarlo a su suerte y tirarse tumbado por el tobogán, porque esa es otra, se niega a tirarse sentado y yo vivo sin vivir en mí pensando que se me va a desnucar cada vez que se lanza.

¿Y cómo es vuestra experiencia con los parques?

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Ropa, ropa, ropa y más ropa

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Algunas de las ‘cositas’ que le he comprado a Martín…

HELP, I NEED HELP! Cuando estaba embarazada y me dijeron que venía un niño pensé que no iba a tener muchas opciones a la hora de vestirle y, en consecuencia, no gastaría mucho dinero en ropa. ¡JA! Quien quiere, puede. Y yo, que soy una enferma, he descubierto que hay infinitas posibilidades, combinaciones y sitios con ropa preciosa también para niños.

Con lo cuál, tengo a Martín convertido en una pequeña Carrie Bradshaw, no porque le vista de mujer, sino de tanto zapato, pantalón, camiseta, jersey y abrigo que tiene. Looks clásicos, deportivos, hipsters… pa’todo da mi mente consumista.

Pero, ¿qué pasa luego, cuando se me baja la adrenalina de las compras? Que, como comenté en este post, los pies que ayer a las 5 de la tarde cabían en un número 21, hoy han crecido dos tallas. Y yo, además de replantearme lo que le doy de cenar a este chico, me tiro de los pelos y me siento una madre nefasta al calcular tan mal las tallas y, sobre todo, las necesidades.

Por no hablar de pantalones y camisas de vestir que usa una vez como mucho, primero porque para ir a jugar al parque no le voy a poner de punta en blanco, y segundo porque por seguir el consejo de mi madre (“no le compres la ropa tan grande, hija, que luego parece un payaso”),  al tercer fin de semana ya no le vale nada. Y es que esa es otra: de lunes a viernes lleva uniforme a la guardería y, por tanto, solo lleva ropa de calle sábados y domingos.

Cada comienzo de temporada me prometo lo mismo. Voy a ser moderada con la ropa. No voy a dejarme llevar por si algo es bonito o porque estoy convencida de que la vida de mi hijo no será la misma si no le compro esa cucada. Solo debo comprar cosas que le hagan falta…. Y he aquí el resultado: estamos en octubre y ya tenemos 5 pares de zapatos para pasar el invierno  (5, por favor!), dos abrigos, pantalones, petos, camisas, jerseys…

¿Algún terapeuta en la sala?

 

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Nuestra boda

 

Siento este nuevo parón en el blog, pero prometo que será el último. La razón de mi ausencia: nos hemos ido de boda (la nuestra) y posterior luna de miel, niño included.

Y, ¿cómo es casarte cuando ya tienes un hijo? Pues imagino que muy diferente a hacerlo cuando no lo tienes, con todo lo que implica no sólo en los preparativos sino durante la boda en sí y la luna de miel.

Siempre he oído que las novias no-madres dedican su última semana de soltería a mimarse y relajarse, porque llevan tantos meses preparando el evento que los días previos tienen todo listo y solo les queda ponerse estupendas.

Pues bien, yo la mía a lo que la dediqué fue a ir corriendo de un lado para otro, eligiendo pendientes, flores, comprando una faja de urgencia a 24 horas de la boda, las corbatas de novio y padrino, cortándome el pelo, cortándole el pelo a mi hijo y cerrando mil y un detalles que no había podido hacer antes. Cuadrando sus siestas con mis pedicuras y manicuras y robándole horas a mi madre para que se hiciera cargo de él cuando yo tenía que hacer un recado urgente que me impidiera llevarlo.

No me di masajes de relajantes, ni dormí 8 horas seguidas el día D para levantarme con la piel tersa como un bebé. Antes de pasar por chapa y pintura, le di el biberón y le cambié el pañal, y antes de enfundarme el traje de novia, le vestí, le peiné y le perfumé.

Su padre corrió y corrió detrás suyo durante todo el día (mi movilidad era muy reducida gracias al vestido) y alternó con los invitados menos de lo que hubiera sido deseable para un novio. Volvimos de nuestra noche de bodas raúdos y veloces para relevar a los canguros y hacernos cargo de él. Y durante nuestra luna de miel hemos disfrutado de poco turismo y cero veladas románticas,  pero sí de mucho ‘parqueteo’, escalada a toboganes y piscinas infantiles.

Tal como lo he contado puede desencantar a l@s amantes de las bodas. Pero confieso que no cambio absolutamente nada de la mía. No consigo imaginar ese día sin Martín porque él fue su razón de ser. Él es la mayor prueba de amor entre nosotros que hubiéramos podido tener ese día. Bueno, ese día y todos. Por eso esta boda nuestra era suya también.

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Misterios sin resolver

Imagen: zapatos.org

Imagen: zapatos.org

Hay varias cosas que me tienen alucinada de los niños. Cosas que me parecen misterios dignos de un programa de Iker Jiménez. Sin ir más lejos: ¿cómo es posible que les crezcan los pies a esa velocidad de vértigo?

No me flipa cómo crecen ellos en general. A mí me tiene loca ese crecimiento podal, en absoluto proporcional con el resto del cuerpo y que hace que en dos meses cambien dos veces de talla de pie. No ganamos para calzarle. Con apenas año y medio tiene casi más zapatos que yo y muchísimos más que su padre.

También me resulta incomprensible cómo pueden entenderte tan bien cosas como “vete a ese armario de la cocina, abre la puerta izquierda y coge los gusanitos que hay detrás de las latas de conservas” y que luego se te queden mirando como si hablaras chino mandarín cuando les dices “ven a ponerte el pantalón” mientras lo agitas delante de su cara. Menudos pájaros.

Por no hablar de esa bipolaridad de la que hacen gala, al menos el mío, que me tiene asombrada con su capacidad para montar un drama griego, llorar, patalear y un segundo después, qué digo un segundo, una milésima de segundo después, transformarse de nuevo y empezar a reírse como un loco, o  a aullar o a mascullar palabras que no entiende nadie.

Sin-título-1Porque esa es otra. ¿Qué dicen en su idioma, que yo pensaba que era completamente inventado, hasta que me di cuenta de que lo entienden otros niños? Porque entienden, vaya si entienden. Si se contestan y todo. Ayer, ante una de sus parrafadas, me dijo mi tía “bueno, tú que eres su madre, sabes lo que está diciendo” y yo “sí, sí” por no quedar de idiota, pero confieso que, más allá de “agua”, “galleta” y “plwedodTa” (esto último he decidido yo que es “pelota”), no me entero de nada.

Y por último… ¿cómo pueden estar muertos de sueño antes de cenar, durante el baño, la cena, etc… tú frotándote las manos diciendo “qué rápido va a caer este y qué bien me va a sentar la peli que me voy a meter entre pecho y espalda mientras ceno” y en cuanto huelen las sábanas de la cuna se activan como si tuvieran una sobredosis de azúcar?

Si alguien tiene la respuesta a alguna de estas preguntas, que venga y me la cuente.

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Mini Hulk

minihulkEso es lo que tengo yo en casa desde hace unos días. Un precioso muñeco con cara de angelito que en cuestión de segundos es capaz de convertirse en una pequeña bestia parda pataleante y llorona (sin derramar ni una lágrima) si no le das lo que quiere. Yo, que pensaba que tenía el niño más obediente del mundo y me sentía por encima de todas esas madres que dicen soportar lo más estoicamente posible las rabietas de sus hijos, ahora tengo que contar mentalmente hasta 10 un mínimo de tres veces al día.

Al principio solo era por las tardes, y lo achacaba al cansancio de la guardería o a que era su manera de castigarme por abandonarle allí durante la mañana. Pero ahora la guerra empieza a primera hora de la mañana, en cuanto se acaba el biberón. Parece que le supervitamina, oye. No me deja vestirle, y tras una lucha cuerpo a cuerpo, lo consigo. Luego se planta en el recibidor de casa y no me deja ponerle los zapatos. Hoy se agarraba muy fuerte las zapatillas para que no se las quitara. Después se niega a salir de casa, y si le convenzo con que vamos a ver el extintor del garaje, se niega a hacerlo sin algún juguete.

Primero no quiere entrar en el ascensor. Luego no quiere salir. Me monta un cirio si le cojo para subirle al coche, otro para abrocharle el arnés. Y no es “no, mamá, no”. JajajajaJOJOJJOjijii (esa es mi risa de muuuuy loca). Todo  está aderezado de gritos, lloros (sin lágrimas, como ya he dicho) y muchos maaaaaaaaamaaaaaaaaaaaaaaaá, enseñándome esa boca desdentada.

Y de todo esto, lo que más fuerte me parece es que cada microrabieta de estas le dura aproximadamente unos 15 segundos, lo que tarda en olvidarse de porqué chillaba o en encontrar otro objetivo por el que pelear.

Sé que es normal, que es su manera de reafirmar su personalidad, que es una fase que pasará si no cedemos a sus chantajes y blablabla todo eso que nos dicen los libros y las demás madres experimentadas. Pero, hijo mío, ¿es realmente necesario? Ay, ahora entiendo eso de “disfrútalo mientras sea un bebé”. ¡Claro, si es la única época en la que te obedecen!

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The walker

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Ignorándome descaradamente

¡Hola a todo el mundo! ¿Qué tal esas vacaciones veraniegas? Sé que he estado mucho tiempo desaparecida, pero qué mejor día para volver que cuando Martín cumple 17 meses.

Que no cunda el pánico; no voy a enumerar las cosas que sabe hacer (lo mismo que todos los niños de 17 meses). Solo quiero reflexionar sobre la locura que nos ha invadido este verano a raíz de un hecho que será de los más importantes en su vida: por fin empezó a andar sólo. Fue días antes de cumplir 16 meses (se lo tomó con mucha calma, como bien estáis pensando) y desde entonces vivimos  en un torbellino sin fin de emociones y nervios de punta.

En realidad, estoy encantada de que finalmente se soltara y yo pudiera dejar de ir por la vida medio agachada cual Chiquito de la Calzada haciendo el “no puedoooooor”. Pero lo que no me esperaba era que en cuanto llegara esa ansiada independencia del caminante, mi hijo iba a querer andar siempre en dirección contraria a la que tenemos que ir. Siempre. ¡SIEMPRE!

Pero es que además le da igual que te largues; está tan encantado que hasta te dice adiós para que le dejes de en paz de una vez. Ya no llegamos a ningún sitio a tiempo y mi paciencia se ve bastante mermada, a pesar de que se me caiga la baba cada vez que le veo trotando a lo lejos mientras escapa de nosotros como un prófugo de la justicia, con la sillita mirándole con pena desde el triste rincón al que ha quedado relegada.

Que esa es otra: no hay quién le pare, haya o no haya suelo debajo. En el recinto de la piscina entra corriendo y no distingue donde acaba el cemento y empieza el agua, él sigue andando cual Jesucristo. En el mar, ni las olas estrellándose en su tripa, ni las algas metiéndosele en la boca han sido  capaces de parar a la bestia.

Pero su gran pasión son las escaleras: subir, bajar, saltar, lo que sea durante horas; y tú con él, pensando que estás endureciendo gluteos con tanto ejercicio cuando en realidad lo único que haces es el ridículo con esos saltitos chiquititos y los gritos que pegas para al menos darle un poco de emoción a la aventura.

¡Ayuda! ¿Alguna vez se calman o ya  los próximos 14 años?

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La playa: de pardillos a profesionales

tiburonLa semana pasada hubo puente en Madrid, así que aprovechamos para poner rumbo a la playa. Y hoy os vengo a contar cómo en tan solo 24 horas pasamos de ser unos novatos padres playeros a convertirnos en unos profesionales del veraneo infantil junto al mar. Aquí os cuento qué llevar y qué dejar en casa para pasar una nunca tranquila jornada playera.

– La sillita: El primer día la bajamos. ¿Para qué? Para nada, porque el niño estuvo sentado en ella la friolera de 5 minutos y hubo que cogerla a hombros para meterla y sacarla porque las ruedas no rodaban por la arena. El segundo día quedó condenada al ostracismo en casa de los abuelos.

– Sombrilla: El primer día nos la dejamos. ¡Nain nain nain!  Sombrilla + niño: (probable) siesta feliz. Al día siguiente ella misma nos pedía a gritos que la lleváramos.

– Bañador: Sé lo que opina mucha gente de tener a los niños desnudos en la playa porque hasta hace dos días yo pensaba igual. Pero, ¿para qué leches quiere un niño de 15 meses un bañador encima del pañal? Es más, ¿para qué quiere un pañal en la playa? El primer día le pusimos una braga pañal acuática y encima el bañador. Daba penita verlo. Así que todo fuera y en la siguiente jornada estuvo en pelota picada de principio a fin. Miento: llevaba el gorro.

– Factor sobrina de 10 años: Un gran activo a tener en cuenta. Nos la llevamos el segundo día y gracias a ella hasta pude tomar el sol un rato.

– Aperitivo: Fundamental que tengáis algo de picar si no queréis subiros a los 10 minutos de llegar porque al crío le toca comer. Le llevamos los dos días, pero el segundo nos habíamos perfeccionado y teníamos un amplio menú a elegir entre dulce, salado y postre.

– Cubo, pala y rastrillo: Compramos el kit en un chiringuito de urgencia porque, como buenos pardillos, íbamos sin él. Lo mejor: llenarle el cubo de agua y llevarlo a la toalla para engañarle cuando tienes que sacarle del agua.

– Otros amigos con hijos: El primer día fuímos solos. El segundo acompañados. Y no hay color. No veas si se agradece estar con otros adultos.

– Muchos muchos muchos baños en el mar: Llegamos con el niño acatarrado y como buena madre pardilla solo me atrevía a meterle los pie en las frías aguas del Cantábrico. Hasta que una amiga de mi madre me dijo “pero hijaaaa métele bien que se le quitan todos los males”. Dicho y hecho. Solo nos faltó hacerle aguadillas. ¡Está como nuevo!

Nos queda todo un verano junto al mar. Seguiremos informando!

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Operación ‘echar’ al niño de la habitación: COMPLETADA

El hueco que ha quedado en mi cuarto... y en mi corazón

El hueco que ha quedado en mi cuarto… y en mi corazón

Así es. Y así de triste estoy de ver que al final he sido obligada a sacar a la carne de mi carne de nuestro dormitorio conyugal. Y no ha sido por voluntad propia, que conste. Ha sido porque hoy vienen a ponernos el aire acondicionado y teníamos que quitar la cuna para hacer hueco. Muy cutre. Nuestro futuro familiar, decidido por los señores instaladores.

Y os preguntaréis (o no; probablemente os importe un comino) “¿cómo ha sido la primera noche separados?”, Pues muy dura. Martín se ha despertado 2 veces y la segunda yo me he estrellado contra el marco de la puerta al levantarme corriendo. ¿Resultado? Hoy tengo un ojo a la virulé con el que casi no veo y que está haciendo pensar a mis compañeros de trabajo que sufro algún tipo de violencia doméstica.

¿Y todo esto para qué? Porque yo sólo veo dos ventajas a sacarle de la habitación: una, que así no le despertamos antes de tiempo cuando nos levantamos para ir a trabajar. Y dos, que puedo vestirme tranquilamente sin necesidad de sacar mi ropa de la habitación el día anterior. Y ya.

Que sí, que hay que fomentar su independencia, que los niños son muy listos y se adaptan muy bien, y blablabla. Pero lo mismo me decían de la guardería y sigue haciendo pucheros muchísimas veces cuando se queda allí. Sé que soy una blanda. Sé que soy una noña. Pero, ¡quiero que mi niño vuelva y cogerle su manita todas las noches antes de dormirme!

¿Alguien me puede dar algún consejo para que hoy no vuelva por donde ha venido? ¿Y para que la mitad derecha de mi cara deje de parecer la de una zombie de ‘Walking Dead’?

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El angelito se transforma

¿No os pasa que hay días que tenéis una conexión brutal con vuestro bebé, que todo son sonrisas, alegrías, largas siestas, cacas lustrosas, gracietas y mucho “mamá, muuuuuuuuuuua”? Te sientes la mejor madre del mundo, todas las piezas encajan, la vida tiene más sentido que nunca y tú te ves hasta más guapa y delgada.

Miedito

¿Y no os pasa también que otros días sucede todo lo contrario? El niño refunfuña A-TODAS-HORAS, hace el arco (y el orco) cuando lo metes al coche, se caga en los momentos más inoportunos, sientes que llevas el pelo sucio aunque lo hayas lavado esa mañana  y el espejo te devuelve una imagen que quisieras que no fuera la tuya.

Y yo me pregunto, ¿de qué depende que tu vida parezca tan diferente de un día para otro, si el pequeño Damien ha dormido las mismas horas que el día anterior, ha comido lo mismo y habéis hecho prácticamente las mismas actividades? Mi conclusión es la siguiente, aunque a priori pueda parecer una rubichorrada: se está convirtiendo en una persona de verdad. Me explico: siempre ha sido una persona, pero ahora tiene personalidad. Y va a la guardería, un plus a tener en cuenta en esto del espabile infántil.

Más miedito de madrugada

Más miedito de madrugada

Como todos nosotros, ya tiene sus días buenos y malos; a veces se levanta con el pie izquierdo o pletórico vaya usted a saber porqué. Saca el brazo por los barrotes de la cuna con su terrorífico chupete luminoso en la boca y te da en la pierna para decirte que ya ha dormido lo suficiente. Por la calle ya expresa con su dedito rechoncho y comestible hacia donde quiere ir y qué quiere ver. Y te dice sí o no con la cabeza cuando le ofreces agua. Esto, amig@s, es lo que más me flipa porque siento que ya tenemos conversaciones.

Deseando estoy de que empiece a hablar y me diga “mira mamá, que paso de comer ese pure; dame chocolate o un chupito de naranja”.  Y de que se confirme si esa mala leche que se atisba es producto de sus doloridas encías o realmente ha heredado EL GEN (en mayúsculas, porque es muy fuerte) a saber de quién… ;-P

 

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