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¿Quién se ha dejado la radio puesta?

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Parece enfadado, pero no. Está hablando con el árbol

Cuando Martín cumplió dos años, como si se hubiera actualizado a la versión 2.0, se soltó a hablar. Ya decía sus palabritas y se hacía entender bastante bien. Era un alivio que te dijera si tenía frío, si quería jugar o si no le apetecía algo.

Pero lo que sucedió a raíz de ese cumpleaños fue algo que a día de hoy continúo sin explicarme. Empezó a hablar a lo bestia, sin control. De día. De noche. Por la tarde. Cuando se despierta. Cuando vamos en el coche. Cuando come. No calla. Te cuenta, te pregunta, te chilla, te niega…

Le subes la persiana y cuando aún no la has soltado ya te está preguntando “¿hoy vamos a la guardería?”. Y empieza su retahíla “he visto un señó que tiene una moto y me quiero subí y es roja y tiene do rueda y quiero que me ciompres una iguá” en un bucle infinitito.

Y si no tiene nada que decir, se lo inventa, pero siempre tiene conversación. Excepto cuando le mencionas el pañal, claro está, que ahí se queda calladito y se hace el orejas. Pero lo mejor son las expresiones y que a veces hasta nos corrije a los mayores. Si le dices “siéntate en la mesa” te contesta “perdona, en la mesa no, en la silla?”. ¿Perdooonaaaaa? ¿Perdoooona has dicho? ¿Pero qué tipo de reviejo eres tú y qué has hecho con mi hijo? Y ahora incluso se atreve a elegir la selección musical que tenemos que escuchar en el coche “Mandona, mamáaaaaaaaaaa, pon a Mandonaaaaa, que quites la radioooooo”.

Reconozco que me parto de risa al oírle y que me lo paso mucho mejor con él ahora que antes. Me encanta que me cuente que su muñeco Pepito es chica y que KicoNico es chico, y cuando le digo que si Pepito es chica hay que cambiarle el nombre a Pepita, entonces decide que no, que es un chico, pero que el nombre no se lo cambia. O que los patos se han ido volando a buscar a su mamá y por eso tenemos que echarle el pan a los “peses”.

Y, aunque hay momentos en los que agradecería un poquito de silencio (especialmente a las 8 de la mañana)… ¿quién puede resistirse?

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A dormir con papá y mamá

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Sentada protesta ante el momento apagado de luces

Antes de nada, quería agradeceros la acogida que ha tenido el post de retorno de la semana pasada. No esperaba que me ibais a leer tant@s! Así da gusto y se coge con más ganas.

Hoy continúo con las consecuencias que nos ha traído esa retirada fallida del pañal. Y es que, no sé si por el estrés que le ha supuesto o porque ha coincidido con una etapa concreta de su desarrollo, el caso es que mi chiqui, que desde los 4 meses se ha dormido siempre solo, ahora nos reclama tooooodas las noches para que nos acostemos con él. “Duermes conmingo, mami?” (conmingo, así tal cual; porque no hay manera de que diga conmigo) es la frase más escuchada a partir de las 9 de la noche.

Antes llegaba la hora de acostarse y él mismo enfilaba hacia su cuna, te daba un beso, cogía a sus muñecos y te decía hasta mañana. Le apagabas la luz, cerrabas la puerta y ya no había niño hasta el día siguiente. Muchas veces no le leíamos ni cuento porque se dormía en cuanto apoyaba la cabeza en la almohada. Y madre y padre dábamos saltos de alegría y a perder el tiempo en chorradas.

Pero ahora… ay. Ahora sabemos que nos espera una larga travesía hasta que caiga en los brazos de Morfeo. Que ahora quiero bazos, que si me cuentas un cueto, dos, tes… que la lus encendida, que quiero ir a la cama… ¿Dónde quedó aquel Nenuco que me habían traído los dioses?

Y además, se despierta muchas veces durante la noche llorando y llamándome. Sé que no son terrores nocturnos porque está perfectamente despierto y lo único que quiere es que le llevemos a nuestra cama. Pero no paro de preguntarme la causa de este cambio tan radical. ¿Habrá sido realmente por el pañal? ¿O puede que algo en un determinado momento le haya dado miedo y no quiere quedarse solo ni a mal ni a bien?

Aunque todas las noches intentamos que duerma en la cuna, al final acabamos echándonos uno de los dos con él en nuestra cama hasta que se duerme (pasamos de estivillizarle). Luego le llevamos a su habitación, pero si se despierta de madrugada, vuelta al lecho conyugal.

Vamos a probar a pasarle ya a una cama de mayores, a ver si así está más cómodo y le apetece quedarse allí tranquilito. Pero dudo que sea la solución. Ay, es tan duro haber saboreado las mieles del sueño reparador durante dos años y ahora volver a atrás!

¿Algún consejo que no implique abandonarle a su suerte hasta que caiga rendido?

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Operación pañal

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ummm… pido el pis o me quedo aquí haciendo que miro patos?

Después de meses de ausencia , siento no poder ser más original al titular este post. Pero, ¿hay manera para llamar a este momento clave y, añadiría, infernal? Porque sí, señores y señoras, me atrevo a decir que intentar quitar el pañal a un niño de dos años que no está preparado, es un infierno.

Subrayo el hecho de que no está preparado porque creo que ha sido la clave fundamental para que las vacaciones familiares de este año hayan sido un HORROR hasta que decidimos ponerle freno. Os pongo en contexto: el niño cumplió dos años en marzo y enseguida sus papis empiezan a poner en marcha todos los mecanismos necesarios para que su chiqui deje de andar por ahí con el paquete. Sin prisa, pero sin pausa: ahora hacemos un pis aquí, ahora intentamos hacer caquita, lacasito va, lacasito viene… Posteriormente en la guardería nos aseguran que nuestro hijo está preparado no, preparadísimo para retirar el pañal del todo y que retrasar el momento es, no solo egoista (porque es creencia común entre las educadoras que las madres no queremos que nuestros hijos crezcan y sean independientes y felices, sino que nos gustaría tenerlos pegados a nuestras faldas forever and ever), sino además estúpido y que hay que aprovechar la llegada del verano como si no hubiera un mañana.

Confieso que me dejé llevar por los cantos de sirena asistí impertérrita a una primera semana en la que ni un pis ni una caca llegaron a buen puerto. Alguna incluso se quedó en el salón. Extendida por la tarima.  Pero no me desanimé del todo. Era ‘lo normal’.

¿Esto es el orinal?

Mami, ¿estoy en el orinal?

Entramos en el segundo round, que coincidió con el comienzo de las vacaciones. Aquí hubo que armarse un poquito más de paciencia porque las salidas no se limitaban solo a la guardería y al parque. De paciencia y de ropa, porque llevábamos no una ni dos, sino tres mudas para una salida de 3 horas, con sus 3 pares de zapatos incluidos. No problem, contábamos con ello también, aunque empezamos a sospechar que tal vez no estabamos yendo por el buen camino: el niño no solo no encestaba ni una, sino que ya no quería ni sentarse en el orinal. Ni los lacasitos le valían ya. Pero claro, a nosotros ni se nos ocurría dar marcha atrás a la operación, no fuera a ser que la ira de los dioses pañaleros cayera sobre nosotros.

Tercera semana. Me encantaría decir que seguíamos igual, pero no. Fuimos a peor. Martín no solo no se quería sentar a hacer sus cositas, sino que lloraba y pataleaba si le intentábamos obligar (mal, mal, mal) , incluyendo lanzamientos del orinal contra la pared y negando que se estaba meando mientras veías chorrrear el pis entre sus piernas. Su madre (yo) empezó a padecer ligeros ataques de nervios y las lágrimas corrían por sus mejillas en cuanto tenían ocasión.

Y de esta guisa nos adentramos en la cuarta semana, en la que completamente desesperada consulté con una profesional que me confirmó lo que ya me imaginaba: este niño no está listo. Me dijo que debe ser un proceso placentero para el peque y no un drama como el que estábamos viviendo. Que lo normal es pillarlo en la primera semana, por tanto si un niño que se tiran meses sin controlar es porque, simplemente, no está preparado aún. Así que marcha atrás y a intentarlo en unos meses. Nosotros ya lo dejaremos para la próxima primavera, cuando empezamos la final countdown para el colegio, entre otras cosas porque todavía ve el orinal y se niega en rotundo a acercarse a él…

¿Alguién en la misma situación?

 

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Cuando acecha la enfermedad

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Este es el ambientazo que tuvimos ayer en casa

Parece una tarde normal de un día normal. Casi siempre, domingo o lunes. Tu retoño ha estado jugando incansable y sin dar tregua durante todo el día. Llega la hora del baño y, cuando te dispones a quitarle la ropa, reparas en dos rosetones colorados en sus mejillas que le hacen parecer el mismisimo primo de Heidi (la de las montañas, no Klum).

Inmediatamente, una alarma se activa en tu cabeza, pero en tu ingenuidad piensas “no, no tiene fiebre; es solo que está sofocado de tanto correr y aquí, además, hace calor”. JA. Le bañas (tú o su papá) y no para de lloriquear “ay ay ay… que este se está poniendo malo”. Pero no dices nada. Hasta que llega el momento decisivo: NO QUIERE CENAR.

Ahí ya no se activa una alarma. Ahora directamente tienes la sirena de los bomberos atronando en tu cabeza. Este niño está malo. No quiere el filete; no quiere el biberón. Ni tan siquiera quiere el biberón viendo el fútbol (da igual la Bundesliga que un Recreativo de Huelva- Sevilla del 93). Esa es la única prueba que necesitas para saber que, sin necesidad de usar termómetro, tiene como mínimo 38º, porque si no a estas alturas ya te habría devorado un brazo.

Pero lo confirmas con el aparatito en mano y no tiene 38º, no. Tiene 39º. Y tú te empiezas a agobiar. Y tu marido te dice “no te preocupes, que mañana igual está bien, que los niños se recuperan milagrosamente, ya lo sabes”. Y tú piensas “pero aunque mañana no tenga fiebre, ¿con qué corazón lo dejo yo en la guardería después de haber tenido tanta esta noche”. Y empiezas a maquinar el plan del día siguiente.

Los abuelos maternos no están en la ciudad. Los paternos tienen otro nieto al que cuidar  y no es plan de que el tuyo vaya a pegarle todo. Además, en el estado que está el pobre no puede ni moverse de la cuna. Solo pide agua y dice mucho “mamaaaaaaaaaaaá” entre lloros. Total que, a primera hora de la mañana, le mandas un mensaje a tu jefe diciéndole que te coges un día de tus vacaciones para cuidar a tu hijo. Porque esa es otra, en todas las empresas puedes faltar un día porque estás enfermo, llevando el justificante médico (al menos en la mía; si no, nada), pero en ninguna que yo conozca puedes llevar el justificante del pediatra de tu hijo, a no ser que te lo ingresen. ¿Y qué piensan? ¿que los niños van a ir a solos al médico? ¿que no tiene que atenderles nadie en casa?

En fin, que al menos somos afortunados porque después de toda la noche y toda la mañana con fiebre, dormitando y lloroso, la tarde trae una recuperación milagrosa y a las 6 vuelve a sus cabriolas como si nada hubiera pasado… y tú miras al cielo y pides que esta noche no haya recaída, porque ya no te puedes coger más días y su padre anda parecido… pero mañana será otro día….

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Niños y niñas, ¿iguales?

foto-futbolSoy de una generación en la que las niñas hacíamos costura en el colegio y los niños marquetería. Una generación en la que a nosotras solo nos regalaban muñecas y a los niños coches; si alguno osaba a pedir una cocinita, era reducido inmediatamente con un capón, y más de lo mismo para la niña que  pidiera un camión por Navidad.

El caso es que yo siempre quise educar a mi hijo en la igualdad, no absoluta, porque opino que, afortunadamente, hombres y mujeres somos diferentes; pero sí que al menos él tuviera la libertad y capacidad de elegir con qué y a qué quería jugar, sin dirigirle los gustos hacia uno u otro lado. Vamos, lo normal de toda madre de andar por casa hoy en día.

Pues bien, debo decir que he tenido que rendirme a la evidencia: por mucho que lo intentemos, somos completamente diferentes y siempre lo seremos. A día de hoy, Martín solo quiere jugar al fútbol y a los coches. También le encanta pintar, hacer construcciones, pegar pegatinas, etc… pero fútbol y coches son sus grandes pasiones. Da igual que tenga su sillita de bebé tan mona ella y su cubo y su fregona último modelo. No les hace ni caso. Prefiere pasarse al día, desde que se levanta hasta que se acuesta, entrenando para el Mundial, conduciendo una moto imaginaria subido al carro de la compra en el súper (con guantes y todo, los de plástico de la frutería) o maltratando a cualquier muñeco.

Pero lo peor de todo, lo que a mí más me flipa y me parece increíble, teniendo en cuenta que nadie le ha dicho lo que tiene o no tiene que hacer, es que… ¡¡¡no quiere jugar con mujeres al fútbol!!! Solo consiente hacerlo con hombres. Su papá del alma, un primo o cualquiera de los dos abuelos le sirven para chutar, mientras que a mi madre la ha llevado de la mano de vuelta a la cocina (literalmente) cuando ha intentado dar unas patadas al balón y a mí me chilla enfadado en el parque “mamá, noooooooooooo; mamá a sentá con  abrigoooooooooooo; papá síiiiiiiiiiii”. Aunque cuando no está ninguno de sus ‘favoritos’ se conforma con lo que hay. Y si le preguntas “¿ahora ya quieres jugar con mamá?”, se hace el orejas de mala manera hasta que aparece de nuevo papá y te vuelve a echar al grito de “mamá noooooo, papá síiiiiii”. Y hala, castigada de vuelta con los abrigos.

¿Son todos así o me ha tocado el más machista por naturaleza? ¿Y las niñas quieren jugar con coches o solo muñecas?

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Dos años contigo

11024158_1543217035944006_1957839928_nHoy cumples dos años. Y me complace ver que no se te han subido a la cabeza porque, siguiendo tu línea, me has consentido cantarte cumpleaños feliz una vez, pero a la segunda ya me has chillado “nooooooooooooo”.

Hace dos años que a estas horas me estaban pinchando oxitocina bajo la promesa de “hoy verás a tu hijo”, porque el día anterior, 19 de marzo, a pesar de que ya estábamos ingresados en el hospital, te negaste a nacer, no sé si para que tu padre no pudiera celebrar su día ese año o para no quitarle protagonismo durante el resto de su vida. Y encima, resististe hasta el final, porque no te vimos la carita (o caraza, en tu caso) hasta las 11 de la noche.

Dos añitos en los que me has desmontado muchos miedos relacionados con la maternidad, como que no íbamos a volver a dormir jamás y, gracias a vetetúasaberquién, te chupas 11 horas del tirón en tu cuna. Y, sin embargo, han aparecido otros relacionados con que algo malo pudiera pasarte y que alguna vez me han hecho sudar de angustia a las 3 de la mañana.

Dos años en los que has tenido la deferencia de poner a prueba mi paciencia muy pocas veces. Probablemente me conoces más de lo que creo y, sabiendo que soy una histérica insoportable, has decidido no luchar en esa guerra. Sinceramente, si alguna vez me he quejado de tus travesuras, es por puro vicio, porque ni en mis mejores sueños imaginé que iba a tener un hijo que me diera tan poco tormento (dentro de lo que es un niño, claro, que a ver si alguien va a pensar que eres un reborn de esos). ¡Pero si te acabas el biberón, te levantas y te vas a por tu propio pie a dormir! ¿Se puede pedir más?

Dos años en los que ya tienes edad suficiente para tener un hermanito o hermanita. Pero cuando pienso en dártelo, siento que voy a serte infiel y que no debería compartir mi amor con otro, cuando en realidad, si algún día llegara, sería única y exclusivamente nuestro regalo para ti.

Dos años en los que he descubierto lo que es ese famoso sentimiento de culpa. Culpa por no jugar contigo lo suficiente; por discutir con tu padre delante tuyo más veces de las que debería (esto es, ninguna) o por desear muchas veces irme de compras antes que al parque. Te pido perdón y cada día prometo redimirme, aunque siga fallando algunas veces.

Hace dos años, el 20 de marzo, Día Internacional de la Felicidad, llegaste a nuestras vidas de manera real y física, porque ya llevabas muchos meses con nosotros. Y no podías haber elegido un día mejor. Hasta para eso tienes arte.  ¡¡¡Te quiero, bebé!!

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¿Quitando? el chupete

IMG_4083Hoy es el día en que me siento la peor madre del mundo. Por partida doble; primero por haber permitido anoche que mi hijo llorase hasta que cayó rendido porque no tenía su chupete. Y segundo porque, esta mañana, después de miles de despertares, viajes a nuestra cama y más lloros, he cedido y se lo he devuelto.

No ha cumplido aún los dos años y solo lo utiliza para dormir, pero nos propusieron en la guardería hacer el teatrillo de enterrar los chupetes y nos pareció buena idea. En realidad el paripé tenía como objetivo quitarlo durante el día a los que aún lo usaban y que quien quisiera lo mantuviera durante la noche, pero como nosotros ya habíamos pasado esa fase, decidimos aprovechar la coyuntura.

El día anterior a tan magno evento, después de varios días explicándole lo que iba a suceder, me di cuenta de que Martín buscaba el chupete durante el día con una ansiedad que no tenía antes y empecé a percatarme de que la operación que nos disponíamos a abordar iba a ser un ‘bluff’.

La primera noche le costó dos horas dormirse, pero no hubo casi lloros, simplemente estaba como una moto. Luego se despertó a las 6 de la mañana pidiéndolo, aunque le expliqué que no estaba ya, y pareció quedarse tranquilo. Pero la segunda noche, osea, la que acabamos de pasar, todo apuntaba a fracaso. De 20.45 a 23 ha chillado, ha llorado, ha reído, se ha puesto como un loco y ha suplicado. Y yo he sentido que trataba a mi hijo como si le estuviera ‘estivilizando’, dejándole que sufriera sin motivo alguno. ¿Por qué les damos a nuestros hijos este tipo de ‘vicios’, si luego se los quitamos cuando nos parece bien a nosotros y no cuando ellos están preparados? Estos días estoy harta de escuchar el consabido “si se lo quitas, ya no hay marcha atrás”. A ver, ¿por qué? ¿por qué hay que ser tan inflexibles? ¿Acaso los niños son máquinas programadas?

Tal vez haya dado un paso atrás, pero no lo considero así. Simplemente esta fórmula no me ha funcionado y tendré que buscar otra más fácil para él, una que no le haga sufrir de esa manera. Prefiero esperar a que él esté más preparado e iniciar poco a poco un periodo de adaptación, de ‘ten con ten’. Igual me equivoco, igual soy demasiado optimista. Pero al menos sé que en el proceso intentaré hacerle sufrir lo más mínimo. No soy pediatra, solo soy su madre. La persona que más debe mirar no solo por su educación, sino también por su felicidad.

Y ahora se supone que tenemos que empezar a quitarle el pañal dentro de un mes… me parece que a ese carro sí que no me subo.

Y vosotr@s, ¿qué tal se os dio la operación chupete?

 

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Mamá ya no es la más guay

Así es, queridos y queridas. Ya no soy el centro del universo para mi chiqui. Ha descubierto que el amor de papá y los abus también mola. Y que mamá está bien pero, “aunque me limpia el culo, me hace la cena, me compra la ropa, me hace el disfraz de carnaval y me lleva al parque,  es muy pesada y besuquea mucho. Y además, a veces me riñe, me pone límites, me lava los dientes, pretende que haga pis en el orinal y quiere que me coma la fruta… con lo que me gusta a mí hacer lo que me da la gana”.

IMG_2367Este es el razonamiento que quiero pensar hace mi hijo en su linda cabecita, porque sino no entiendo que ya no sea LO ÚNICO para él. Ayyyyy, yo que alguna vez osé a quejarme de que estaba un poco ‘enmadrao’, porque me miraba con pena si me iba a hacer pis y me llamaba incansable en sus despertares nocturnos. Ahora el muy infiel se atreve a llamar también a su padre, ese usurpador, ese compañero de juegos que llega para revolucionármelo a diario cuando estoy a punto de bañarle. El único al que da besos y, sin duda, el personaje de moda esta temporada. Y no es que a mí me lo parezca. ¡Es que me lo dice! ‘Cariño, te quiero. ¿Tú me quieres?’ ‘no’ ¿y a papá?’ ‘a papá, sí’. Toma ya.

Y para qué queremos más cuando aparece alguno de los dos abuelos. Para ambos tiene siempre amor y no intentes separarle de ellos, que te la lía. Ahí sí que ya desaparecen papá, mamá y, por supuesto, las abuelas, a las que básicamente yo creo que ve como unos robots que hacen la comida  y le dan chocolate, porque vaya manera de ignorarlas. Ni que ensayara. Puede pasar a su lado mientras le hablan que desarrolla una sordera que en mi vida había visto.

Al menos me queda el consuelo de que cuando está cansado o malito o se da un golpe, siempre vuelve a mí, a mis brazos y a mi calorcito. Muy triste, porque eso no es consuelo ni es nada, que yo no quiero que esté malito ni se dé golpes. Hijo, ¿cuándo me dedicarás de nuevo a mí y solo a mí tus sonrisas?

PD: Reconozco que me encanta que quiera tanto a otras personas, pero… ¡mamá es mamá!

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‘A ver’, ‘quita’ y otras palabras imprescindibles

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Viendo a los ‘cuas’

Rebasados ya los 22 meses de vida de mi ‘bebé’ (término que, muy a mi pesar, tendré que dejar de usar dentro de poco para referirme a Martín), nos adentramos en el apasionante mundo de sus primeras palabras. O, en nuestro caso, primeros gritos.

Porque este niño no habla. Chilla. Cual verdulero en día de mercado con el puesto a rebosar. “Mamaaaaaaaaaaaaá, autobuuuuuuuuuuuuuuuú”, “papaaaaaaaaaä, goooooooooooool”. Cualquier cosa que quiere decirte, es a gritos. Excepto cuando ha hecho algo mal. Ayyy, tunante. Si hay trastada de por medio, bien que pone tonito meloso y habla como una persona normal.

El caso es que su vocabulario aumenta a pasos agitantados y yo me muero de la risa, sobre todo porque algunas son palabras cotidianas que, en su boca, quedan de viejo reviejo. Por ejemplo, le encanta decir “a ver”. Para todo. Le pongo la cena, asoma la naricilla al plato y suelta “a veeeer”  tan convencido, que yo entro en pánico pensando que estoy ante el mismísimo jurado de Masterchef y me van a expulsar de mi cocina.

También le encanta decir “quita”. Y aquí, mal vamos, porque normalmente va acompañado de un empujón o manotazo para que, efectivamente, desaparezcas de su camino. Todo cariño. Y algo que me sorprende mucho es que diga “calefactor”; que yo lo pienso y para mí esa palabra a su edad sería como decir ahora a toda pastilla “supercalifragilísticoespialidoso”, que hasta escribirla me cuesta.

Luego entramos en la categoría de palabras que-digo-como-me-da-la-gana. Un, dos, tres… responda otra vez: “ambulancia”, que en martiniano se dice “auaaaaaaaaauaaaaaauaa“, y que es aplicable a cualquier cosa que lleve una luz o sirena, ya sea grua, coche de bomberos o helicóptero. Otros ejemplos son “cuaaaaaaaaa”, sin importar si es un pato, un pájaro o una gallina, “guagua” para cualquier animal que tenga cuatro patas, y “tortuga”, válido también para referirse al caracol, la rana y, aquí amigos alucino, la tortilla. Ah, y “chuchua”, que sirve para cualquier canción o vídeo de dibujos que sale en Youtube.

Cada día es más sorprendente que el anterior y deseando estoy que empiece a hacer frases con más coherencia. ¿Y los vuestros? ¿Cómo fueron sus primeras palabras?

 

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Cómo entretengo a la fiera en casa

IMG_3957Esta pregunta que parece tan sencilla, se convierte en todo un reto cuando el frío arrecia y no podemos llevar a los peques a que se desfoguen a la calle tanto como nos gustaría. El mío, imagino que como todos, en cuanto se ve encerrado entre cuatro paredes tiende a ‘asalvajarse’ o, mejor dicho, ‘embrutecerse’ al más puro estilo Rocky cabreado.

Cada niño es un mundo y cada padre y madre sabrán qué les da resultado con sus hijos. Así que yo os voy a contar lo que hago con el mío de 22 meses cuando no tenemos más remedio que quedarnos en casa. Son cosas que hoy funcionan, pero mañana… vaya usted a saber.

Jugar al fútbol. Su gran pasión. Le encanta, lo adora y nos tiramos las horas muertas chutando por el pasillo y gritando “goooooool”. Bueno, más su padre que yo, que es su manager oficial y al que se le pinta el símbolo del dólar en los ojos cada vez que lo ve con el balón.

Pintar. Lo más socorrido y lo que más le entretiene del mundo mundial. Le subo a su trona (imprescindible para mí que esté atado: si lo dejo en una silla normal, cuando me quiera dar cuenta ha escapado y se ha puesto a hacer pintura rupestre en las paredes del salón), le quito la bandeja para que pueda pintar sobre la mesa (previamente cubierta con un mantel o un hule, muy de abuela, sí, pero muy fácil de limpiar), coge las ceras, un papel y… ¡a dar rienda suelta a su alma de artista! Solo hay un inconveniente: cuando se cansa, en lugar de decir “ya`tá”, empieza a comerse las ceras y lanzarlas en plan jabalina.

Implicarle en las tareas de la casa. Puede que haya gente que le suene mal, pero se lo pasa genial. Si pongo una lavadora, él lleva conmigo el cubo de la ropa sucia, cierra la puerta y le da a los botones (a veces más de la cuenta). Si voy a barrer, me ayuda a empujar la porquería mientras yo recojo. Si limpio el polvo, le doy su trapito y él lo va pasando a mi lado. Parece explotación infantil, pero obviamente no lo es porque no limpia absolutamente nada. Solo está entretenido imitando a su mamá.

IMG_3097Jugar con la tablet. Sí, se la dejamos. Tiene sus aplicaciones descargadas y le gusta mucho. Y cuando ha tenido un rato de mucha actividad física, le viene bien para relajarse un poco. Las aplicaciones que más usamos son Talking Pocoyó, Kids Preschool Puzzle y Baby Toy, y siempre jugamos juntos.

Ver el ‘Chuchuwa’, Pocoyó y Wheels son the bus. La primera es la maldita canción de los Cantajuegos que todo el mundo conoce. Día y noche. Día y noche. A veces cuando se despierta a las 7 de la mañana se le oye a oscuras diciendo ‘Chuchuwaaaaaaa’ (y luego sale vaho de su boca, rollo ‘El sexto sentido’). Así que nos pide verlo en todas sus versiones: española, latina, rapeada por Pocoyó, bailada por unos extraños animales… En cuanto a Pocoyó y Wheels on the bus, la primera son los capítulos normales y corrientes, que se los ponemos indistintamente en inglés y español, y la segunda son vídeos de canciones típicas en inglés, casi siempre interpretadas por animales, que le encantan.

Hablar por Skype con los abuelos. Mis padres viven en otra ciudad y, aunque nos visitan mucho, cuando están en su casa intentamos hablar a menudo. ¡Se lo pasa pipa!Jugar al escondite. Desde que pusimos cortinas en casa, su vida cambió. ¿Qué mejor sitio para esconderse, dar vueltas y salir de repente haciendo “Cu-Cú” o “Buuuuu”?

Además de todo esto, a él también le gusta jugar solo con sus juguetes: rodar coches, pasear su sillita con un muñeco encima, apilar cubos, etc… Y como ya dije el otro día, le encanta ‘leer’ su libro de medios de transporte. ¡Lo que más!

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