¿Niño o niña?

tripaPerdonad mi ausencia, pero tengo muuuuuuuuuuucho trabajo (lo cuál es buenísimo) y cuando acabo Martín ocupa el 100% y al final termino derrengada cual ballena varada en el sofá o en la cama.

Todo sigue viento en popa a toda vela. Estoy en la semana 23, y en la eco de las 20 nos dijeron que estaba todo bien. Tuvimos un susto previo, pero que os contaré en el próximo post porque este lo quería dedicar a desvelaros el sexo de este nuevo retoño.

Bueno, en primer lugar, confirmar que solo es uno porque hace unos días alguna de vosotras me preguntó. Afortunadamente. Me muero si llegan a ser dos. O no. Mejor no saberlo nunca. En segundo lugar, confesar que, a diferencia de muuuucha gente  que dice que el sexo del bebé le da igual y que solo quieren que “venga sano” (como si una cosa tuviera que ver con la otra y los demás quisiéramos que tuviera algún tipo de malformación) , a mí no me daba igual. Yo quería una niña con todas mis fuerzas.

Le hablaba en femenino, solo pensaba nombres de niñas y en ningún momento se me cruzó por la cabeza la posibilidad de que pudiera ser un niño. Le llaman instinto maternal. Eso que se nos presupone a todas las mamis y que, definitivamente, yo no tengo porque… ¡ES UN NIÑO!

Este lechoncito debió oírme y partirse la caja pensando “pero esta flipada, ¿qué dice? menuda lumbreras me ha tocado en suerte…”. Igual que su hermano Martín, que no concebía la idea de que pudiera ser una niña. Estoy segura de que aunque ese hubiera sido el caso, él la llamaría Ramón, nombre en el que está empeñado y que a día de hoy aún sigue creyendo que le vamos a poner (jamás!).

Así que nada, me quedo con las ganas de lazos, vestiditos y futuras tardes de compras del brazo de mi hija. Pero, por favor, que nadie me diga “lo siento” o “a la tercera…” porque YO ESTOY FELIZ. Una cosa es tener una preferencia y otra muy distinta disgustarme porque sea lo contrario, ya que me considero la mujer más afortunada del mundo por haber llegado hasta aquí (y más cuando nadie daba un duro por mí), de saber que todo va bien y de tener la certeza de que Martín va a tener el mejor compañero de juegos del mundo. Con él también quería una niña y ahora no puedo ni imaginarme un segundo sin él. Y lo mismo con este (que no es que sea despectiva, es que le llamo así porque aún no tenemos nombre): si ahora me dijeran que es una niña, les diría que nanay, que me devuelvan a mi niño.

 

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Segundo embarazo: la búsqueda

IMG_1417¡Hola otra vez!

Gracias por la buena acogida que ha tenido este nuevo embarazo. Han pasado ya unas semanitas y puedo decir que todo ha vuelto a la normalidad: no tengo nauseas, duermo mejor y me siento ahora más ligera que hace un mes. Estoy ya de 17 semanas y la verdad es que no lo parece. Con Martín ya me pasó que tardó mucho en notarse y ahora, a pesar de que con el segundo embarazo dicen que va todo más rápido, llevamos el mismo camino.

Hoy me gustaría contaros lo que ha supuesto esta búsqueda de un hermanit@. Nosotros empezamos tranquilamente y, como ya os comenté, yo sin mucho convencimiento. No sabría decir cuánto tiempo llevábamos antes de hacerme pruebas, porque con el segundo pues como que no es igual que con el primero (que te tomas la temperatura, no perdonas un día fértil, dejas lo que sea que estés haciendo para ponerte a ello…), pero puede que fuera fácilmente un año.

Así que, aprovechando una revisión rutinaria, le comenté el tema al ginecólogo (el que me atendía desde que nació Martín) y me mandó unas pruebas para ver como estaba todo. Resultado: el día antes de Nochebuena fui a su consulta y me soltó a bocajarro que la cosa esta mala malísima; no solo tenía escasa reserva ovárica, sino que lo poco que me quedaba por ahí era de una calidad pésima y lo mejor que podía hacer era irme a reproducción asistida “aunque con tu edad y teniendo un hijo ya, no sé si te merecerá la pena. Porque además, con estos óvulos nada; vas a necesitar casi seguro una donante”.

Podéis imaginar la cara que se me quedó, las lágrimas que no pude reprimir allí mismo y la Navidad que pasé. No solo por la noticia, que era un palazo; sino la manera en que me lo dijo y la falta de empatía total y absoluta que me encontré en aquella consulta. Me vine abajo completamente, primero porque no pensaba que iba a tener problemas para quedarme embarazada y segundo porque la alternativa (donación de óvulos) en principio no entraba en mis planes.

Total, que pasamos las vacaciones de Navidad y, aunque no teníamos ganas de ponernos en tratamiento estimulando mis propios óvulos, tampoco estábamos cerrados a ello. Pero primero queríamos pedir una segunda opinión. Fui a otra ginecóloga que me dijo que los análisis que me habían hecho no eran nada concluyentes y me mandó un estudio más exhaustivo. Asimismo, pidió también un seminograma para mi marido, no fuera a ser problema suyo.

Y sacamos más conclusiones, ¡vaya si las sacamos! En primer lugar, mis análisis salieron aún peor que la primera vez. Parecía imposible, pero así fue. Esto iba a un ritmo vertiginoso y yo tenía la sensación que cada vez de que estornudaba se me desintegraba un óvulo. Y en segundo lugar, el seminograma nos dijo que él también estaba hecho un cuadro: solo un 3% de sus espermatozoides eran viables. Imaginad el panorama. Yo me vine abajo del todo y perdí cualquier esperanza. No me veía nada convencida para ponerme en tratamiento y lo que más me dolía era saber que Martín no iba a tener un hermano o hermana.

IMG_1414Volví a pedir cita a la ginecóloga para llevarle todos los resultados y que nos dijera qué pasos podríamos seguir. Me dieron para una semana después. Mientras tanto, a mí me tocaba la regla, pero como últimamente se me retrasaba y yo soy de las que se emparanoian enseguida, el día de la primera falta me hice una prueba. Así no me tiraba 4 ó 5 con falsas esperanzas. Os juro que era para descartar y poder seguir triste, pero tranquila. Simple y llanamente. Me levante, me la hice y me marché a desayunar tranquilamente. Pero cuando volví a los 10 minutos… ¡me llevé la sorpresa de mi vida! Me encontré la rayita tal y como os enseño en la foto, que parecía que sí, pero chica, siempre te imaginas que va a salir mucho más marcada. Yo no lo podía creer. Era I M P O S I B L E. Así que me fui a trabajar y de camino compré otra prueba de las que te lo dicen en palabras y semanas bien clarito. Me metí al baño de la oficina y allí mismo me la hice. ¡Esos minutos sí que se hicieron eternos! Hasta que apareció: Embarazada. 1-2 semanas.

Estábamos flipando. Y la que flipó también fue la ginecóloga, cuando vio los resultados de los análisis y, acto seguido, le dijimos que estaba embarazada. Nos confirmó que era “un claro ejemplo de que la ciencia no es infalible”. Para mí fue un milagro. Podía imaginarme a un espermatozoide superviviente y solitario encontrándose de frente con mi único óvulo decente y decirse el uno al otro “¡coño, tú por aquí! ¿Nos tomamos una copa?”.

Continuará…

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Uno+uno= ¡cuatro!

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Eco de 5 semanas, la primera vez que vimos a este garbancito

Así es, después de tres largos meses  puedo anunciar a bombo y platillo y sin temor a equivocarme que… ¡nuestra pequeña familia crece!

Para finales de octubre se espera el gran acontecimiento, así que estoy embarazada de 13 semanas (aunque en todas las ecos me sale que en realidad es de una más) y, de momento, todo va bien, aunque no ha sido fácil llegar hasta aquí y por fin puedo contarlo.

Tan solo adelantaros que es un bebé muy deseado, a pesar de que al principio de la búsqueda yo tenía serias dudas, relacionadas con que después de 3 años no sabía si estaba preparada para volver a lo más duro (noches sin dormir, cólicos, dependencia total y absoluta de un bebé), teniendo otro niño que atender y sabiendo que mi maridito es como es en lo que a ayudar se refiere (para qué nos vamos a engañar). Pero el pensar que Martín se podía perder la experiencia de tener un herman@, fue lo que me acabó de convencer.

Aunque si soy sincera, también han tenido que ver mis propias ganas de volver a sentir la ternura de un bebé esponjosito y recién nacido entre mis brazos, de volver a vivir esas primeras veces de la vida de una personita. Que, por supuesto, ya las vivo todos los días con Martín, pero me refiero a esos momentos tan básicos y mágicos como la primera vez que salen a la calle, la primera vez que se bañan o la primera vez que les das zumo de naranja. Y también quería sentir de nuevo la sensación de volver a estar embarazada. Aunque si llego a saber cómo iba a ser este segundo round… ¡me lo hubiera pensado!

En el anterior, tenía conciencia de que venía un bebé porque no me venía la regla y lo veía las ecos, pero por lo demás, hasta el 5º mes que me empezó a salir tripa, parecía que no estaba embarazada. Ni un vómito, ni el típico sueño del primer trimestre, ni ascos ni nada de nada. Como una rosa. Pero esta vez… ayyy esta vez… Nauseas mañana, tarde y noche. Cansancio extremo y absoluto a todas horas. Hinchazón perpetúa de ciertas partes de mi cuerpo que han impedido casi desde las primeras semanas que pudiera vestirme con normalidad (aunque ahora la cosa ha remitido un poco), gases en los que no voy a entrar en detalle…. etc, etc.

Pero en resumidas cuentas, estoy feliz. Muy feliz de que lo hayamos logrado (os contaré el proceso en el siguiente post) y muy feliz de saber que Martín no va a a estar solo, aunque estoy aterrorizada ante la perspectiva de que pueda pasarlo mal o se sienta desplazado. ¡Seguiremos informando!

 

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Los mocos

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En plena prospección petrolífera

En mi casa tenemos un problema con los mocos. No es solo que de septiembre a junio estén instalados en las narices de mi hijo como si fuera el sitio más placentero donde vivir, sino que él ha decidido pasar al ataque y luchar contra ellos. ¿Cómo? Sacándoselos y comiéndoselos. Sí. Mi hijo se come los mocos.

Cuando yo era pequeña recuerdo que había dos cosas que no podía soportar: una era las uñas levantadas, que se despegaran de su sitio. Y la otra era ver a alguien comiéndose mocos: esos niños que hurgaban, hurgaban y, para rematar la faena, se comían lo que sacaban con sumo placer. Siempre me daba una arcada al ver el moco chupado encima de la lengua. De hecho, me está dando de pensarlo ahora.

Así que el destino ha decidido castigarme con un pequeño devorador (de sustancias viscosas, porque lo que es la cena la devora poco) y así estamos todo el día. Del “sácate el dedo de la nariz que te van a salir bichos” al si sigues comiendo mocos se te va a caer la lengua”, pasando por otro tipo de tácticas como ignorarle, enfadarme, intentar que razone porqué no está bien que haga eso e, incluso, ponerle algo en las manos en cuanto le veo hurgando y a punto de sacar la entrada.

Pero nada resulta efectivo y, para colmo, cada dos por tres le sangra la nariz por culpa de las excavaciones que hace. Y, aunque él lo niega, no hay más que verle la cara y el dedo índice de su mano derecha completamente ensangrentados para saber que miente como un bellaco.

¿Qué puedo hacer? ¿Alguien tiene algún sabio consejo que pueda aplicar con relativo éxito? Aunque lo veo todo negro. Cuando le pillo in fraganti y le pregunto qué hace, me dice “¡es para dártelo a ti, mamá!”, como si con eso estuviera todo resuelto. Y es frustrante ir conduciendo, mirar por el retrovisor y verle degustando el manjar, cuando no me avisa el mismo “mira mamá, ¡que me lo comoooooooooo!”. Confío que sea una fase, porque ni siquiera lo hace todos los días. Pero el día que se pone…. ¡ya ni cena!

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Ya tengo 3

IMG_1525Ayer mi tunante cumplió 3 añazos. Como a cualquier madre (porque yo no conozco a ninguna a la que se le haya hecho largo), me parece increíble que haya pasado tantísimo tiempo y que ya no tenga un bebé, sino un machorro brutico y noblote, que me dice que no soy guapa, pero que parezco una princesa. Una de cal y una de arena.

Así es él, de ángel a demonio en un minuto. Ahora te lo comerías y al siguiente lo donarías a la beneficencia. O la ciencia. Cabezón como él solo, capaz de negarte cualquier evidencia si se le pone ahí (“Mira la luna” “eso no es la luna” “que sí cariño, que es la luna” “que no, mamaaaaaaaaaaaaaaá. Vete. Calla!”), pero sin grandes rabietas de esas que dan ganas de esterilizarte.

A estas alturas, no sabría decir aún si es buen o mal comedor. Hay días que vivimos una auténtica tortura luchando contra el “eso no, que tiene verde” “eso no, que no es chicha” “eso no, que me pongo malito”, mientras que desde la guardería nos mandan vídeos en los que zampa sin mesura una manzana, un plátano y unas verduras mientras le dice a cámara lo rico que está todo.

Enmadrado hasta la médula para dormir, comer, bañarse, ir por la calle, hacer pis,… pero que a la hora de jugar busca a su padre. Ese padre al que adora y que, según él, no es calvo porque sí, sino porque “la luna le ha robado el pelo para hacerse una melena”. Imaginación al poder, como cuando nos dice que es Ryder de ‘Patrulla Canina’ o nos cuenta que cuando “era mayor”, un día cogió el coche, se fue al aeropuerto, arregló un par de aviones y volvió a casa antes de que nos despertáramos. No sé en qué momento se hizo pequeño otra vez, pero esta anécdota me recordó a los mejores tiempos de Tom Hanks en ‘Big’.

Mi chiqui, al que le sigue costando un poco controlar el pis cuando toca, antes de que salgan las gotillas acusadoras, pero que al menos ahora es capaz de darse cuenta de que caen las primeras, avisarte y aguantar la riada hasta que llegamos al baño. Pero, como a él le encanta decir a todas horas, “no pasa nada, mamá. Estás muy contenta?”, una de sus frases favoritas, con la que resta importancia a cualquier trastada que acabe de perpetrar.

Mi peque, que en unos meses empieza el cole, pero hasta que llegue ese momento yo me sigo aferrando a que es bebé agarrada a su manita regordeta cada noche al irnos a dormir. Mi pequeño gran hombre. ¡Feliz cumpleaños, cariño, y que cumplas muchos más!

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Llegó el momento de buscar cole

Preparándose psicológicamente para el próximo año

Preparándose psicológicamente para el próximo año

En esas nos hayamos hoy por hoy: en busca del cole ‘perfecto’ para Martín. Que digo yo, ¿no podríamos dejarlo en la guardería hasta que le saliese barba? Primero porque a mí me viene fenomenal tenerlo en mi trabajo. Y segundo porque esta sensación de “seré yo? seré yo?” en el reparto de plazas no me deja ni dormir.

Pero, ¿dónde van estos niños con 3 añines al cole, eh? Porque, si mal no recuerdo, en mi época se empezaba con 4. ¡Si no les llegan ni los bracitos al culete! ¿Por qué no se pueden quedar un poquito más solo con 14 niños en el confort de la guardería, donde dejan a los papis llevarles hasta la puerta de clase (y, a veces incluso, más) y se les lanza ya a esa jauría humana llamada colegio? Recuerdo que pasé las mismas angustias cuando iba a empezar la guardería, pero entonces no tenía sobre mí el yugo de la escasez de plazas y no sabía que hay tortas para entrar en un colegio que merezca la pena. Las guarderías te pueden gustar más o menos, pero en realidad es muy fácil meterle en la que te interese o en otra similar.

Pero ahora es harina de otro costal. Conseguir que entre en un colegio público o concertado bueno sin tener hermanos en el centro, ni una discapacidad, ni haberle llevado a la guardería de al lado, ni mil y una historias más, es prácticamente misión imposible. Nosotros tenemos lo mínimo que se puede tener: los puntos por cercanía. Y a correr. Así que así vivimos (vivo): angustiada ante la perspectiva de que no lo admitan en ningún colegio de los que nos gustan, tardando dos horas en dormirme pensando los pros y los contras de pedir plaza en este o en aquel.

A mí me encantaría llevarle a un colegio privado (que no creo que lo haga, porque el tema económico a largo plazo es otra historia), por una razón fundamentalmente. Y es que, aunque soy partidaria de la educación pública (que quede claro), no la veo adecuada para niños de 3 y 4 años. A partir de esa edad, perfecto. Pero,  desde mi punto de vista (repito: desde mi punto de vista, escasa experiencia y humilde opinión) en un colegio privado o concertado están más pendientes de los chiquitines que en uno público. Pero también es verdad que no puedo decir esto con verdadero conocimiento de causa, porque no tengo ningún hijo en el cole y me baso simplemente en los que he visitado en el último mes, tanto públicos como privados, y lo que me han prometido en unos y otros.

Así que, a falta de un mes para que se abra el plazo, yo estoy ya que me tiro de los pelos. No sabemos aún donde irá, porque además mi marido opina de una manera y yo de otra. Y mientras, Martín está feliz solo de pensar que va a ir al cole de mayores y jugando con la grúa en el parque a que lo está construyendo. ¿Cuál será el desenlace? Ayyyyy

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Cómo dijimos adiós al chupete

¡Hola de nuevo!

Ante todo, muchas gracias por la acogida del post anterior, así como por las palabras de ánimo. De sobra sabéis que a veces hace falta pegar un grito de auxilio y luego una se queda así como más tranquila. Y, en este caso, el desahogo blogueril se ha notado en mi comportamiento con Martín y, por tanto, en el suyo conmigo: está más tranquilo, pide (a veces) el pis, obedece más que antes… Y, sobre todo, me dice “¿mamá, estás contenta?”. Ayynsss, si es que me lo como!

Dicho esto, hoy os quiero contar cómo nos despedimos del adorado chupete (adorado por él, pero especialmente por mí). Ya hicimos la intentona hace unos meses y yo no quería volver a probar hasta que pasara más tiempo por cuatro razones:

  1. Lo veía pequeño y ya estábamos en proceso quita pañal, así que no quería agobiarle más.
  2. Era un auténtico yonqui al que no me veía capaz de arrebatarle su dosis. Aunque solo lo usaba para dormir, lo primero que hacía nada más llegar a casa era ir a buscarlo por si el Hada de los Chupetes se había despistado y se lo había dejado a deshora.
  3. Nos ha salvado de muuuuuchas rabietas. Podía estar en pleno ataque de locura, que era metérselo en la boca y parecía que lo habíamos empapado en morfina.
  4. Me NEGABA en rotundo a retirárselo mientras no estuviéramos de vacaciones. Ni él ni nosotros nos merecíamos ir a la guardería/trabajo sin dormir.

Así que decidimos que la apoteósis final se produciría en Navidad porque la boca se le estaba empezando a deformar y no es exageración mía. Primero pensábamos decirle que se lo dábamos a los Reyes Magos, pero esto era al final de las vacaciones y nuestro propósito de ir a trabajar descansados se iría al garete. Así que como íbamos a pasar las fiestas en la playa decidimos (él estaba de acuerdo) que lo íbamos a tirar al mar para que “las olas se lo llevaran a los bebés que lo necesitaban más que él”.

Pero ¡oh, sorpresa! Al día siguiente de llegar, y cuando aún no nos habíamos atrevido a llevar a cabo el ritual, dijo de pronto “hoy duermo sin chupete” (como veréis, el lavado de cerebro al que le teníamos sometido era fino filipino). Así que aprovechamos la coyuntura y rápidamente le dijimos “ah, pues entonces le decimos al Hada que hoy no traiga el chupete?” (sabía que yo tenía linea directa porque me había visto mandarle algún whatssap e incluso él había hablado por teléfono con ella en alguna ocasión). Y todo convencido nos contestó “vale!”.

Total, que llegó la noche y tras el cuento empezó a buscar entre las sábanas “¿y mi chupete?”, “no está, como dijiste que hoy dormías sin chupete el Hada no lo ha traído”. Se quedó flipando, se metió conmigo en la cama y dijo un par de veces “mi chupeeeete” “mi chupeeeeete” pero le dije “venga, que te hago cosquillitas (su perdición) y verás que no lo necesitas”.

Y hasta hoy.  Pero no solo sin chupete, sino… ¡con cosquillitas! Se han convertido en el sustituto perfecto: le relajan, se las hace mamá, le dan gustirrinín y no le deforman la boca. Ni qué decir tiene que la primera semana prácticamente no echó ni una siesta, todas las noches lo pedía antes de dormir y si con el chupete se dormía en 4 minutos, ahora con las cosquillitas lo hace en 8. Pero poco a poco todo vuelve a la normalidad (sigue echando la siesta tooodos los días) y yo creo que ya se ha olvidado de él. Nos tenemos que echar con él todas las noches, pero esto venía sucediendo ya desde que le quitamos el pañal, no es tema del chupete.

Mi opinión es que cada niño da señales de cuando está listo para decir adiós a su mejor amigo. El mío no estaba listo cuando lo intentamos la primera vez porque los alaridos que pegó los debieron de oír desde Chiquitistan, y ahora, nada de nada, oiga. ¡¡Ojalá me hubiera fijado bien en las señales con el pañal!!chupete

 

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De vuelta

¡Hola a tod@s!

¿Qué tal por estos lares? Son muchos meses los que he estado desaparecida y, en realidad, no tengo una razón de peso para justificar mi ausencia. Simplemente no he estado lo suficientemente motivada para seguir con el blog. Me he visto en un punto en el que ni yo consideraba que aportase nada interesante con los post ni estos me beneficiaban a mí en nada.

Sin embargo, me olvidaba de algo que es más importante de lo que pensaba: escribir siempre ha tenido un efecto balsámico en mí (qué literario a la par que hortera me ha quedado esto). Así que aquí estoy de nuevo, con una entrada un poco más seria que en otras ocasiones, pero con ganas renovadas.

Aunque Martín aún no ha cumplido los 3 años, siento que ya quedaron atrás los días de bebé y ahora nos enfrentamos a los de la educación real. Pero también veo que me necesita más que nunca y que tengo que demostrarle si estoy a la altura de la circunstancias. Pero, en este sentido, me siento un fracaso absoluto.

Tengo claro que la fuente de nuestros problemas ha sido una desastrosa retirada del pañal, que continúa siendo nuestro mayor calvario. Lo que debería haber sido un proceso natural y placentero, se ha convertido en una C-A-G-A-D-A por nuestra parte. Así, con todas las letras. Como os conté aquí, empezamos en verano y dimos marcha atrás, pero más tarde lo volvimos a intentar ante señales supuestamente claras de que estaba más preparado. De otra manera, con más tranquilidad y sin agobios. Y, cuando parecía que todo estaba hecho… de nuevo hemos dado dos pasos hacia atrás. Y  esto ha traído consecuencias en otros temas: a la hora de dormir, de comer e, incluso, de respetar normas y límites, unido a un enmadramiento que empieza no parecerme normal y del que todo el mundo me culpa.

No sé muy bien porqué ni qué ha pasado, pero sí que siento que mi (nuestra) inexperiencia ha estado estrechamente unida a un mal asesoramiento por parte de la guardería. Me he (hemos) dejado llevar y no he hecho caso a mi instinto de madre, confiando en gente que realmente no conoce a mi hijo como yo. Y esto no me lo perdono. Porque siento que estoy haciéndole sufrir innecesariamente. Porque veo que ha cambiado y ya no es dulce y amoroso. Y porque últimamente me repite más de la cuenta “mamá, es que todavía soy pequeño”. Y me parte el corazón. Le estoy fallando, porque no sé ayudarle y porque con este tema no he empatizado con él de la manera que debería.

Veo otras madres que parecen tener claro siempre qué les pasa a sus hijos y como actuar en cada momento. Yo no. Intento todas las técnicas. Paso de la firmeza al diálogo, del enfado al mimo. Trato de escucharle más y mandarle menos. Reforzarle en positivo y, a veces también, en negativo. Y nada da resultado. Pero cuando llega la noche y me llama llorando para que me meta en la cama con él, no puedo ni quiero dejarle, a pesar de la rabia que me da que antes se  dormía solo y ahora no…

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Experiencia piscinera

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Mi sirenito

Por lo que estoy descubriendo, en el mundo infantil hay dos tipos de niños: los que adoran el agua y los que la aborrecen. Martín pertenece al primer grupo. Le encanta bañarse en casa, en el mar, en la piscina y en el estanque de los patos, si le dejas. Así que, desde que era muy bebé, hemos ido a clases de matronatación. Nos metíamos juntitos en el agua y disfrutábamos de media horita de chapoteos y cabriolas que cada vez se han ido haciendo más atrevidas por su parte y más terroríficas para esta su madre.

Pero ahora que tiene dos años y medio, la matronatación se nos ha quedado ya un poco corta. Así que, como este verano en la piscina de casa se ha soltado bastante con su burbuja-flotador y su “churro”, vimos que había llegado el momento de que nadara solo. Algo que yo he agradecido infinitamente, puesto que ir con las piernas depiladas perfectamente en invierno no veas si me cuesta.

Total, que empezamos el mes de septiembre y le apunté a una piscina en la que mis sobrinos habían aprendido a nadar y me daba bastante confianza. Estuvimos viendo las instalaciones y tenía buena pinta: grupos de 5 niños por monitor, un cristal enorme desde el que ver a tu retoño durante la clase, un vestuario adaptado para que las mamis y papis pudieran vestir a sus niños, etc… Peroooo… en nuestra visita solo habíamos visto clases de niños más mayores, con lo que no pude comprobar in situ como se manejaban con los pequeñitos como Martín. Aún así, me aseguraron que no había ningún problema y que cuando que empezáramos podía hablar con el profesor antes de la clase para ponerle un poco en contexto sobre como se relacionaba mi hijo con el agua.

Llegó el día: Martín ya sabía que mamá ya no se metía con él y no parecía importarle. Le preparé y le acompañé casi hasta el borde de la piscina, donde se agolpaban todas las madres: las que esperaban a que sus hijos terminaran la clase y las que llevaban a los suyos de la mano a esperar a que el monitor viniera a buscarlos. Y, de repente, se formó el caos: niños que salían corriendo de la piscina muertos de frío se mezclaban con los que iban a entrar, yo no sabía a quién darle mi hijo, hasta que una chica me pregunta el nombre y le coge de la mano para llevárselo al monitor que le correspondía. Le digo que quiero hablar primero con él y me dice que después de la clase.

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Esta foto NO es de ese día

Total: Martín llorando en medio del follón porque no sabía donde le llevaban y yo angustiada por la situación. Me voy a verle desde la cristalera y compruebo que sí, que los grupos eran de 5 niños por monitor… ¡pero había 3 grupos en una calle! Empiezan a bajar a los niños al agua uno a uno y los van dejando solos agarrados a un churro mientras bajan a los demás. A todo esto, no sabían si mi hijo había cogido un churro en su vida o no. 3 adultos para 15 niños, imaginaos la cantidad de veces que les daban la espalda. Os juro que me angustio de nuevo solo de escribirlo y estoy segura de que Martín no se soltó del puritito miedo que tenía (hecho que me confirmó el monitor después cuando le planté la mosca).

Ni una burbuja, ni un flotador. Que oye, igual no es necesario, pero cuando no sabes si un niño es de una manera u otra con el agua, creo que toda precaución es poca. Cuando se cruzaban los grupos, solo veías un batiburrillo de brazos y piernas, Martín berreando como un poseso y yo loca intentando no perder de vista su gorro rojo por si le veía sumergirse. Y así, media hora. Imaginad la tensión que tenía que al día siguiente no podía mover las muñecas de lo que las apreté contra la silla en la que estaba sentada, preparada para atravesar el cristal en cualquier momento. Y el final de la clase, de traca: les ponían en el bordillo sentados y el profe los iba cogiendo y haciéndoles dar piruetas, mientras que los demás se iban escurriendo hacia abajo dentro del agua. Con deciros que, ante mi mirada aterrada, Martín se puso de pie una vez, se fue a buscar una pelota que había en el bordillo y el profesor ni se enteró…

Cuando acabaron casi le tengo que agarrar del bañador (porque de la solapa era difícil) para que hablara conmigo. Y me dice que le ha visto con miedo, pero bien. Mande? Cuando le comento lo de ponerles algo por seguridad me dice que eso lo hacen según vean al niño. Perdona, entonces a mi hijo si lo has visto con miedo y, además, no le conoces, ¿por qué no lo has hecho?

Fue nuestra primera y última clase. Así que ahora me encuentro de nuevo a la busca y captura de otra piscina en la que no morir de una ataque al corazón (yo) y de ahogamiento (él). Seguiremos informando.

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¿Quién se ha dejado la radio puesta?

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Parece enfadado, pero no. Está hablando con el árbol

Cuando Martín cumplió dos años, como si se hubiera actualizado a la versión 2.0, se soltó a hablar. Ya decía sus palabritas y se hacía entender bastante bien. Era un alivio que te dijera si tenía frío, si quería jugar o si no le apetecía algo.

Pero lo que sucedió a raíz de ese cumpleaños fue algo que a día de hoy continúo sin explicarme. Empezó a hablar a lo bestia, sin control. De día. De noche. Por la tarde. Cuando se despierta. Cuando vamos en el coche. Cuando come. No calla. Te cuenta, te pregunta, te chilla, te niega…

Le subes la persiana y cuando aún no la has soltado ya te está preguntando “¿hoy vamos a la guardería?”. Y empieza su retahíla “he visto un señó que tiene una moto y me quiero subí y es roja y tiene do rueda y quiero que me ciompres una iguá” en un bucle infinitito.

Y si no tiene nada que decir, se lo inventa, pero siempre tiene conversación. Excepto cuando le mencionas el pañal, claro está, que ahí se queda calladito y se hace el orejas. Pero lo mejor son las expresiones y que a veces hasta nos corrije a los mayores. Si le dices “siéntate en la mesa” te contesta “perdona, en la mesa no, en la silla?”. ¿Perdooonaaaaa? ¿Perdoooona has dicho? ¿Pero qué tipo de reviejo eres tú y qué has hecho con mi hijo? Y ahora incluso se atreve a elegir la selección musical que tenemos que escuchar en el coche “Mandona, mamáaaaaaaaaaa, pon a Mandonaaaaa, que quites la radioooooo”.

Reconozco que me parto de risa al oírle y que me lo paso mucho mejor con él ahora que antes. Me encanta que me cuente que su muñeco Pepito es chica y que KicoNico es chico, y cuando le digo que si Pepito es chica hay que cambiarle el nombre a Pepita, entonces decide que no, que es un chico, pero que el nombre no se lo cambia. O que los patos se han ido volando a buscar a su mamá y por eso tenemos que echarle el pan a los “peses”.

Y, aunque hay momentos en los que agradecería un poquito de silencio (especialmente a las 8 de la mañana)… ¿quién puede resistirse?

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